Patton, a Genius for War, de Carlo d’Este – Patton, A Soldier’s Life, de Stanley Hirshson

La lectura paralela de dos gruesas biografías del general Patton me da la ocasión de comparar sus proyectos y enfoques. Dos libros, un post más largo y escrito por un lector que aborda dichas obras casi con el ojo de un profesional…

Las obras de Carlo d’Este y de Stanley Hirshson se publicaron en el mismo periodo, entre 1995 y 2001. Los dos autores tienen el mismo proyecto de conjunto: una biografía completa del general, del nacimiento a la muerte, y extendiéndose hacia tanto sus antepasados como hacia su descendencia. Las dos obras se toman su espacio, 700-800 páginas, complementadas con un centenar de páginas de notas. Se tratan todas las dimensiones de Patton, sin limitarse ni a un periodo ni a un tema. Con ello, los libros narran los mismos episodios, en la misma estructura cronológica, con las mismas divisiones en capítulos. El tono es serio, objetivo, reposado, con el lirismo dejado aparte; pues cada uno de ellos intenta escribir “LA” gran biografía de Patton, aquélla que borre todas las anteriores, y que sea a la vez accesible al gran público y reconocida por el mundo académico.

Pero estos autores se enfrentan a una dificultad importante: ¿cómo innovar, cuando en inglés ya hay disponible una veintena de biografías de Patton? Las grandes batallas de Patton en la Segunda Guerra Mundial son bien conocidas, pero también lo es el resto de su vida: participación en la expedición punitiva a México en 1916, su papel en el Tank Corps en 1918, destinos en Hawai, años en caballería, la muerte accidental…D’Este y Hirshon siguen ambos las mismas pistas: por una parte, volver a las fuentes primarias, a los archivos, para encontrar material quizás ignorado por unos precursores más superficiales; y proponer nuevas interpretaciones del personaje.

No faltan las fuentes sobre Patton : al contrario, abundan. Patton mantiene una correspondencia regular con su padre, su mujer o su tía, y los tres parecen haberla conservado íntegramente. Patton lleva en distintos periodos un diario manuscrito, que nos ha llegado. Patton publica decenas de artículos que ofrecen acceso directo a su pensamiento militar. Patton, por último, escribe toda clase de informes, descripciones de operaciones u órdenes operativas…todos ellos conservados.

Pero la dificultad es que un historiador ya ha leído, filtrado y publicado el grueso de estas fuentes. Con los Patton Papers, publicados en la década de 1970, Martin Blumenson permitió al gran público el acceso a una masa considerable de los escritos públicos y privados de Patton. Los dos volúmenes cuentan en torno a 2.000 páginas. Y sobre todo, no consisten solamente en la reproducción de documentos originales, sino que añaden contenido narrativo preciso y a veces soberbiamente escrito, que recuerda las circunstancias de la vida de Patton y sitúa el origen de los documentos [1].

Veamos cómo d’Este y Hirshson intentan mejorar lo anterior.

Por reflejo, ambos autores vuelven a los documentos fuente de los Patton Papers antes que a los volúmenes publicados sobre ellos. Pero el trabajo de Blumenson es serio: las citas son exactas respecto a los documentos originales, los cortes afectan sólo a lo que carece de interés. Pista falsa.

El enfoque resulta sensiblemente distinto cuando se tratan las fuentes que hablan de Patton sin haber sido generadas por éste. Hirshson desconfía de las fuentes secundarias como las biografías de la década de 1960, anteriores a la publicación de los Patton Papers. Por ejemplo, hay una biografía de éxito por Ladislas Farago, en la cual se inspiró la película Patton. Dicha obra no cita sus fuentes. D’Este saca de ello, aun así, varias anécdotas sabrosas; Hirshson no se refiere jamás a ello. Igualmente, Hirshson acepta las autobiografías de participantes directos (como la de Bradley), y aún más los testimonios recogidos por los historiadores militares y preciosamente conservados en el fondo de las bibliotecas, pero rechaza las obras de los testigos que sólo acceden a la «pequeña historia», como el libro de un edecán. A primera vista, Hirshon sólo emplea lo contenido en las fuentes, mientras que d’Este tiene más flexibilidad, al precio, quizás, de un menor rigor.

Pero Hirshson puede olvidar súbitamente todo su rigor, lo que no se comprende más que si se lee en paralelo la obra de Carlo d’Este: basta que un texto no haya sido citado por d’Este, no haya sido referenciado, leído, entendido por d’Este, para que Hirshson le salte encima y lo considere como absolutamente fiable. Así ocurre con una entrevista entre Liddell Hart y un general estadounidense poco conocido, datada en la primavera de 1944, con toda clase de apreciaciones perentorias sobre las técnicas de unos y otros, y por ejemplo vivas críticas a los británicos; el autor se refiere a ella varias veces sin que venga a cuento, y termina con una paráfrasis completa en ocho páginas, en la que deja ver involuntariamente que no comprende absolutamente nada ni del desarrollo del arma blindada ni de la evolución de las técnicas operacionales entre 1940 y 1944 [2]. Más: hay un artículo inédito, y bastante bien escrito, de un escritor que se cruza algunas veces con Patton; Hirshson también lo parafrasea íntegramente sin que se perciba por qué hacerlo era indispensable. Finalmente, se ve a Hirshson apoyarse en los recuerdos de un corresponsal de guerra —justo el material que deja de lado habitualmente— pues encuentra en él un testimonio sobre el estado moral de la tropa después de que Patton abofetee a un soldado sin heridas aparentes en un hospital militar. El asunto no es más que un detalle, pero resulta fundamental para la interpretación de Patton que estructura el texto de Hirshson. El lecteur reconoce que le ha hecho falta más de una lectura para ver que el autor se apoyaba de repente en tipos de material que en otras partes descartaba…

Lo más sorprendente es que ambos investigadores, tan ufanos de citar las cartas originales de Patton, pasan totalmente de largo fuentes de acceso fácil. Se comprende enseguida que Carlo d’Este no ha hecho el esfuerzo de leerse los artículos de entreguerras de Patton, contentándose con citar una síntesis hecha por otro investigador [3]…Y, como Hirshson, no ha ido a desempolvar archivos militares. ¡He aquí a dos biógrafos que no consultan nada en los documentos de los estados mayores mandados por Patton, cuando se conservan sin pérdidas!

Esto puede producir una narración de relleno que no concreta gran cosa. Por ejemplo, en toda la preparación del desembarco en Sicilia, teniendo como única fuente los diarios de Patton y los de algunos otros, nuestros autores no van más allá de decir que “Patton asiste a tal reunión en la que también están presentes X, Y y Z”, o “dice una vez más que los británicos le exasperan”. El tema puede llevarse al absurdo. Por ejemplo, en d’Este: Eisenhower se queja a Patton de que recibe informes insuficientes, sobre todo al lado de los que mandan los británicos. D’Este atenúa a continuación el reproche citando a un tercero, que estima que dichos informes, en realidad, eran tan completos como era posible. Pero nuestro autor no ha ido a buscar los informes en cuestión para apreciar su contenido, aunque sin duda se encuentran archivados. Más adelante se trata el caso de una orden de Alexander a Patton cuya segunda mitad es ignorada deliberadamente; no se cita el contenido del pasaje saltado, sólo los recuerdos de un oficial de estado mayor, que cuenta haber fingido la recepción de un mensaje truncado.

En total : algunos tipos de fuentes de explotan completamente, mientras que otros se ignoran en gran medida.

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A falta de novedades debidas a la investigación, el otro medio de hacer atractiva una biografía de Patton es proponer nuevas interpretaciones del personaje. Nuestros autores se ponen a ello, cada uno en su estilo.

Carlo d’Este es quien más interpreta. El lecteur le ve a menudo avanzar hipótesis frágiles. D’Este explica, por ejemplo, que a principios del siglo XX la admisión en West Point es muy complicada, para justificar la intensa campaña de relaciones públicas que lleva a cabo el padre de Patton. D’Este se cuida mucho de verificar si los camaradas de Patton tuvieron necesidad de tal ayuda. Cuando Patton pasa una temporada en Francia, allá por 1912, yendo de Cherburgo a Saumur, d’Este se inventa que visita el bocage normando como anticipación de los combates de 1944 (uno no sabía que el bocage fuese una etapa turística obligatoria). Patton tiene trato con Eisenhower hacia 1920; luego ambos se distancian hasta 1939, pero d’Este afirma que mantienen  una correspondencia regular, de la que no puede citar nada pues aparentemente se perdió en 1939, cuando uno de los baúles de Ike desaparece en una mudanza desde las Filipinas. Hay que creerse a la vez que Eisenhower se hubiera llevado 15 años de correspondencia al ser destinado a Manila, y que ninguna de las respuestas supuestamente escritas a Patton hubiera sobrevivido. Estos puntos, que no dejan de ser poco importantes en el conjunto, revelan los instantes en los que el autor fabula. Uno se pregunta qué necesidad se puede tener de contribuir a la glorificación de Patton.

Sin embargo, otras dos tesis de d’Este resultan más estructurantes. Al autor le molesta el antisemitismo pronunciado de Patton. Aborda el punto en dos páginas solamente, sin negar el racismo, pero excusándolo como un “lugar común de la época”, yendo incluso a evocar el asunto Dreyfus (cuya influencia no se sabía que hubiera llegado hasta la opinión pública de California) para explicar que Patton, aquí, no es más que un individuo como los demás. Evidentemente, d’Este no se pregunta por qué tan pocos de los contemporáneos de Patton son tan antisemitas como él. Hirshson reflexiona más. Constata que sus fuentes no muestran ningún indicio de antisemitismo antes de los 35 años de Patton, pero que en la década de 1920 éste trata con más frecuencia a su riquísimo suegro y que, quizás, sus prejuicios antijudíos o anti-italianos vengan de ahí. La familia política de Patton, traumatizada por una gran huelga dirigida directamente contra sus industrias en 1911, considera que los italianos y los judíos son los miembros más peligrosos de los odiados sindicatos. La hipótesis de Hirshson es considerablemente más fina.

Carlo d’Este propone también que Patton era disléxico. ¿Por qué? Esencialmente, porque d’Este no sabe explicar de otra manera las faltas de ortografía sembradas por los escritos de Patton. Y después están los medianos resultados académicos de su héroe. Patton repite su primer año en West Point, y eso tras haber pasado anteriormente un semestre en otra institución militar. Incluso en su tercer intento le adelanta un cuarto de los principiantes. Al salir de la academia, está más o menos a la mitad del escalafón, aunque parece trabajar encarnizadamente. Para d’Este, la causa está clara: Patton sufre un problema de dislexia sin el cual habría terminado entre los primeros de su promoción.

Aunque se le ve el plumero al argumento, la hipótesis es novedosa. Carlo d’Este apoya su tesis en un texto médico de 1984, pero como la comprensión de la dislexia ha evolucionado considerablemente en los últimos 30 años, su idea ya no resiste el análisis. Hay disléxicos con capacidades de lectura global y de comprensión de textos excelentes, que por tanto se convierten en grandes lectores, como Patton. Pero son muy raros los que tienen además tanto gusto por la escritura (diarios, cartas, artículos, poesía…). Y como la dislexia afecta ante todo a la capacidad, no de comprender, sino de pronunciar correctamente un texto, no se reconoce entre los afectados a alguien que aprende de memoria poesías o monólogos de teatro por el placer de recitárselos a uno mismo…En fin, Patton queda en muy buen lugar en los cursos militares que sigue después de la Primera Guerra Mundial, cursos en que la parte escrita es muy relevante. Es como si su dislexia se hubiera “curado”, lo que sería una primicia asombrosa en la historia de este trastorno. Con razón, Hirshson, que publica en 2001, rechaza de un manotazo la hipótesis disléxica que d’Este enuncia en 1995. Pero, sin ir muy allá, el lecteur adivina que aún son numerosos los autores que evocan esta dislexia de Patton…

Las hipótesis que propone Hirshson son diferentes. Hirshson no es un especialista en historia militar, y se encuentra especialmente cómodo encontrando relaciones sociales o financieras. Recuerda, por ejemplo, la gran fortuna del matrimonio Patton anotando la suma que cada cónyuge hereda de sus padres. El padre de Patton deja a sus hijos en torno a un millón de dólares (unos 13 millones de dólares de 2015). Y la herencia que deja el suegro de Patton asciende a 250 millones de dólares (de 2015). No se puede creer, como sugiere algún momento d’Este, que los Patton hayan tenido alguna vez dificultades económicas. Hirshson consigue también situar bastante mejor a la familia de la esposa de Patton, en el seno de la aristocracia financiera de los Estados Unidos, y la aproxima con gusto al caso de Ford, gran industrial visceralmente aislacionista y antisemita. Pero estos elementos, por interesantes que sean, permanecen en la periferia de Patton en tanto que militar.

Al llegar a las campañas militares, Hirshson lo pasa mal para aportar cualquier cosa, y de hecho resulta ocasionalmente confuso, si no totalmente contradictorio. Carlo d’Este explica mucho más claramente lo que ocurre o cómo se toman las decisiones, y algunos de sus capítulos dedicados a la capacidad de Patton para entrenar eficazmente a sus tropas son destacables. Hirshson se repliega sobre lo que rodea a la acción. En una de sus tesis esenciales, estima que los discursos agresivos y obscenos de Patton terminan por incitar a las tropas a cometer crímenes; el general no puede anunciar con voz tonante que ahora toca matar a los alemanes, quemar sus casas y violar a sus mujeres sin que eso tenga consecuencias en el comportamiento de los soldados en campaña: ejecución de prisioneros, tiros sobre muchedumbres de civiles…

Al menos dos masacres de prisioneros fueron objeto de consejos de guerra, que d’Este también evoca. He querido comprender cómo cada autor abordaba este aspecto. Veamos los matices:

  • Carlo d’Este habla de asesinato de prisioneros, sin más detalles. Hirshon describe precisamente la acción, mostrando cómo son abatidos prisioneros lejos del frente, cuando bajan de un camión. D’Este edulcora, Hirshson conmociona.
  • Los dos autores mencionan la hipótesis estructurante, es decir, que las palabras de Patton habrían podido indicar que se toleraban los asesinatos. Hirshson hace como si la idea fuese suya. D’Este la toma de las defensas de los abogados ante el consejo de guerra, y la compara seguidamente a la defensa de los generales alemanes en Nuremberg. Hirshson omite una fuente. D’Este quiere descartar la idea.
  • Acerca de la realidad de los discursos inflamados de Patton : Hirshson los relaciona con discursos más antiguos de Patton, en los EE.UU., y estima que el general siempre se dirigía de la misma manera a los hombres. D’Este reduce el caso a uno o dos discursos para una única división estadounidense, que tenía la particularidad de no haber entrado nunca en combate y requería una motivación particular. Hirshson busca generalizar, d’Este busca demostrar una excepción.
  • D’Este estima que las tropas deformaron y caricaturizaron las palabras de Patton : yuxtapone la síntesis que hace un soldado (“nada de prisioneros”) con lo que Patton había dicho. Hirshson desentierra el testimonio de un juez militar que, pidiendo que el general aplique un correctivo para que nadie se crea liberado de la Convención de Ginebra, muestra el problema.
  • D’Este describe extensamente a alemanes fingiendo rendirse para después tomar de nuevo las armas y matar a los soldados estadounidenses que se les aproximan. Realiza esta amalgama para hacer olvidar que el caso analizado es el asesinato a sangre fría de soldados ya hechos prisioneros.
  • Por último, para excusar a Patton y sus tropas, d’Este encuentra un ejemplo similar en el frente occidental (con canadienses en Normandía) para estimar que, contándolo todo, matar a sangre fría a algunas decenas de prisioneros es simplemente algo que pasa. En resumen: mucho ruido y pocas nueces. No se pregunta por qué no puede encontrar ningún otro ejemplo…
  • Evidentemente, d’Este sólo menciona el asunto en tres páginas. Hirshson lo recuerda a cada ocasión, desde el prólogo hasta la conclusión.

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Termino aquí esta larga nots, que aún podría completar con la campaña de 1944-45. Mencionando exactamente los mismos acontecimientos, las mismas decisiones, los mismos comportamientos de Patton, Carlo d’Este resulta tan laudatorio como es posible, Hirshson tan crítico como es posible. No llegan a concluir con una síntesis sólida –algo quizás imposible dadas las múltiples contradicciones de su personaje. Pero al lecteur le parece que, aunque Patton haya sido estudiado una y otra vez, aún quedan dimensiones completas del personaje por desentrañar.

Notas

[1] El lector de hoy tiene la tarea aún más fácil: la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. ha puesto en internet todos los diarios de Patton, en versiones manuscrita y mecanografiada. ¡Un autor que se alabe de haberlos encontrado, leído y traducido no habrá hecho un gran esfuerzo!

[2] En detalle, para los lectores interesados : Liddell Hart tiene un espeso interés personal consistente en demostrar que él fue el único en haber comprendido los tanques, lo que tiñe todo lo que toca. Hirshon no parece saberlo, y comete grandes errores cuando presenta el papel de Liddell Hart a finales de la década de 1930. Una de las ideas del general interrogado es disponer no de 3, sino de 4 batallones de tanques por división, e Hirshson no se da cuenta de que justamente entonces el ejército de EE.UU. ha reflexionado sobre el asunto, para justamente reducir dichos batallones de 4 a 3. Sin embargo esto sólo afecta a las divisiones nuevas y no a las ya creadas. Por supuesto, el general busca un pretexto para tener tantos juguetitos blindados como sus dos colegas que mandan las divisiones “grandes”. Por último, los juicios sobre los británicos son del tipo “me han dicho que habían oído que”, es decir, simples rumores –Liddell Hart es conocido por beneficiarse de ellos.

[3] Para este tipo de cosas el lecteur contemporáneo hace trampas con total tranquilidad. Una buena parte de los artículos de Patton está aquí. El artículo que usa Carlo d’Este en vez de trabajarse las 400 páginas de Patton se encuentra en este lugar. Sí, internet es desleal.

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When the Odds were Even. The Vosges Mountains, 1944-1945, de Keith Bonn

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Este libro utiliza los combates poco conocidos de los Vosgos —que permiten  liberar Estrasburgo en noviembre de 1944— para intentar, partiendo de ellos, un análisis del rendimiento del ejército estadounidense, a contracorriente de todas las obras según las cuales los soldados alemanes, comparados hombre a hombre, son superiores a sus adversarios.

El texto resulta particularmente interesante cuando analiza las dificultades, los medios y los resultados de esta campaña en los Vosgos. Recordemos en dos palabras la situación: en otoño de 1944, a pesar de las montañas, los bosques, un tiempo horroroso y las fortificaciones, los aliados consiguen franquear el macizo montañoso, alcanzar el Rin y morder la frontera alemana. Su progresión sólo se acaba por la batalla de las Ardenas. Precisamente, Keith Bonn revive el contexto. Su revisión exhaustiva de los ejércitos que han pasado por la zona desde la época romana recuerda que los Vosgos son tan favorables para la defensa que jamás han sido conquistados por la fuerza. Su examen de características tácticas subraya efizacmente las ventajas alemanas, comprendiendo en ellas el uso de los fuertes de la línea Maginot, pensados para una defensa en 360 grados. El autor ha visitado personalmente los sitios de los que habla y eso se nota en cada página.

El autor concluye que la situación depende casi exclusivamente del éxito de la infantería —los blindados y la aviación no desempeñan más que un papel marginal—y llega hasta la cuantificación precisa de las fuerzas de este arma disponibles en cada bando. Se obtiene de ella una conclusión esencial: a pesar de haber ganado con holgura la batalla, los estadounidenses sólo disfrutan de una superioridad numérica débil, a veces del orden de 1,3 a 1; una relación tan modesta que el terreno montañoso y la organización de las defensas alemanas habrían tenido, a priori, que frustrar con seguridad los ataques. El asunto es todavía más interesante teniendo en cuenta que, a principios de enero de 1945, el contraataque alemán (la operación Nordwind) fracasa contando con una relación de fuerzas similar.

Bonn se pone, pues, a buscar las razones del éxito aliado. Se queda con tres: la cohesión de la tropa al nivel más elemental, procedente de elementos comunes a los soldados como un mismo origen geográfico o su periodo de entrenamiento; la aplicación, o no, de la doctrina militar; y la estabilidad de la organización, conseguida por los aliados conservando los mismos grupos de unidades y los mismos comandantes, cuando los alemanes no hacen más que cambiar unas y otros.

El lector aprecia este esfuerzo de síntesis y la demostración que le precede, pero siendo consciente al mismo tiempo de que Bonn, probablemente, razona con herramientas de análisis superadas. El «grupo primario» ya no es la explicación indispensable de la cohesión de las tropas; remitir la doctrina alemana a Clausewitz se ha vuelto extravagante, hasta tal punto comprendemos hoy que es un autor confuso; y la doctrina alemana de 1936, ni fue enseñada necesariamente como tal, ni era seguramente la de referencia a finales de 1944; la doctrina estadounidense publicada en 1944, moderna y apropiada, no basta para explicar cómo los cuadros, entrenados con las versiones anteriores, salen del paso en los Vosgos.

Después, Bonn ignora deliberadamente el que una de las divisiones aliadas implicadas en la campaña no sea estadounidense. La segunda división blindada de Leclerc, sin embargo, desempeña un papel clave al ejecutar con éxito la fase de explotación, justo el punto en que los grupos blindados estadounidenses fracasan. El lector inicialmente queda sorprendido, tanto más cuanto que el autor no tiene ninguna dificultad en utilizar fuentes francesas, antes de comprender el motivo: la cohesión regional de los soldados, el entrenamiento común y la aplicación de la doctrina estadounidense son factores cuya aplicación falla en el caso de los franceses. Tener en cuenta a la 2ème DB obligaría al autor a buscar otras interpretaciones, que podrían cuestionar las que propone de entrada.

Este crítico aprecia el esfuerzo de reflexión y originalidad en el tema de Keith Bonn, pero debe precisar que el texto contiene pasajes más aburridos, como los repetitivos recordatorios del historial de cada división estadounidense o alemana, o el detalle táctico de ciertos encuentros. Quizás ocupan la mitad del libro, pero están lo suficientemente bien identificados en el texto como para que el lector pueda leerlos en diagonal, sin perder nada en las conclusiones analíticas.

Y sobre todo: ver cómo un autor serio utiliza los modos de pensamiento de hace 25 años, y percibir cuáles de sus conclusiones han quedado superadas a pesar del rigor de las deducciones, es un baño de modestia en cuanto a lo que pueden producir los modos de pensamiento de hoy.

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Command Culture. Officer Education in the US Army and the German Armed Forces, 1901-1940, de Jörg Muth

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Un nicho del estudio militar de la Segunda Guerra Mundial es la comprensión y la crítica de la formación de los oficiales durante el periodo de entreguerras. Más allá de los aspectos sociales de las instituciones formativas, la cuestión principal es, por supuesto, la de la relevancia y eficacia de dicha formación. ¿Qué se enseña? ¿Quién lo hace? ¿A quién? ¿Con qué método?

El libro de Jörg Muth impacta por dos aspectos muy poco habituales. El primero está en las pocas líneas de agradecimientos con que se abre el libro: involuntariamente, el autor se muestra en ellas como un doctorando amargado, peleado con su universidad, y torpe hasta el punto de enemistarse con los archiveros de las instituciones a las que acude habitualmente. Pocas veces es uno puesto en guardia sobre los prejuicios de un autor hacia su tema, que es, en este caso, un tipo de enseñanza superior.

La otra originalidad es el método comparativo de Muth, disponiendo lado a lado las formaciones estadounidense y alemana entre 1920 y 1940. Este enfoque comparativo le permite contrastes que apoyan con fuerza una crítica despiadada del sistema americano.

La formación inicial de los cadetes (17-21 años) en West Point es tan inepta en el fondo como en la forma. El plan de estudios se compone al 80% de ciencias puras sin vínculos con lo militar. El cuerpo docente, reclutado esencialmente entre los antiguos alumnos, y en la práctica nombrado de forma vitalicia, es de un conservadurismo asombroso. El ambiente de la academia está marcado por las interminables novatadas a los recién llegados y que, según Muth, es el rasgo característico de la cultura de la academia. Para el autor, West Point no tiene el más mínimo valor: incluso es un estorbo.

A la inversa, los institutos militares alemanes (Kadettenschulen), dirigidos a muchachos sobre todo a partir de los 14 años, están concebidos sobre la idea de “valor moral” y no en función de la edad de los alumnos. La camaradería entre las promociones se fomenta y los egresados no se convierten realmente en oficiales hasta que pasan un periodo de prueba que les recuerda que la formación, sola, no es suficiente. A los 19 años, estos jóvenes oficiales están formados más sólidamente que sus homólogos estadounidenses de 22 años.

El autor aplica su método al escalón siguiente de la formación, destinado a los oficiales prometedores alrededor de los 35 años: la Kriegsakademie y la Command and General Staff School. Al estudiar algunos de los personajes que pasan por estos cursos, Muth descubre que los estadounidenses son elegidos por su nivel jerárquico, mientras que los alemanes pasan por una oposición para la que hace falta prepararse durante meses: hasta los que se quedan fuera de la Kriegsakademie han pasado por una etapa inicial de formateo. Si los cursos cubren, grosso modo, las mismas materias, Muth insiste en la diferencia fundamental de los métodos pedagógicos. Los estadounidenses enseñan una doctrina para que los oficiales dispongan de un lenguaje coherente y de automatismos. La school solution siempre es la privilegiada en los ejercicios prácticos, y desviarse de ella supone arriesgarse a recibir malas notas, con las posibles consecuencias asociadas para la carrera futura.

Los alemanes no tiene una doctrina tan formalizada y, por contra, enseñan que un problema no tiene solución única. Privilegian la discusión entre alumnos sobre las distintas posibilidades de acción. Allí donde los estadounidenses buscan encuadrar las técnicas de ejecución, los alemanes insisten en la importancia de delegar a los subordinados las modalidades para llevar órdenes a la práctica. Muth da, así, algunas claves sobre la resiliencia del ejército alemán en campaña: la formación anima a considerar los problemas desde el punto de vista del nivel superior, lo que facilita la tarea de un oficial que tiene que reemplazar a su jefe en caso de emergencia; insistir en el espíritu de iniciativa anima a cada uno a preguntarse continuamente qué puede hacer “dentro del espíritu de las órdenes”, sin esperar confirmaciones de los mandos. La realidad resulta inversa a los clichés sobre las culturas nacionales: son los estadounidenses, y no los alemanes, los que se atienen rígidamente a la letra de los reglamentos.

El libro, en conjunto, presenta una tesis clara y articulada con observaciones estimulantes. Es lamentable que el autor quiera alcanzar una demostración tan impecable: para ello magnifica el valor de la formación alemana, poniendo sordina a todo lo que indique limitaciones en ella (lo deja casi en algunas cuestiones de estilo). Rechaza en notas a pie de página los testimonios de quienes han aborrecido su ambiente o espíritu, calificándolos como casos aislados sin importancia. Constata que los aspectos ideológicos de la enseñanza son inaccesibles al historiador: los oficiales alemanes tuvieron buenos motivos para no acordarse de ellos en sus testimonios de posguerra. El lector se da cuenta vagamente de que se podría escribir una historia terrible sobre los institutos militares alemanes, y quizás sobre la Kriegsakademie. Recíprocamente, las opiniones positivas sobre la formación estadounidense –los hay, al menos para el segundo escalón- se tratan igualmente como si no fueran relevantes.

Estos sesgos, en todo caso, son explícitos si se leen las notas, y no hacen más que matizar ligeramente las conclusiones esenciales sobre las academias estudiadas. Es más problemático que el autor ignore que en los EE.UU, existía un tercer escalón formativo, el War College, sin equivalente en Alemania, y cuyo estudio subrayaría sin duda las lagunas alemanas. Muth también tiene dificultades en vincular la enseñanza con las prácticas concretas aplicadas en combate, y su manera de considerar que el liderazgo militar se caracteriza por la “presencia en el frente” es demasiado reduccionista para ser creíble.

Esta obra corta, bien investigada pero de acceso fácil, proporciona en un bloque una perspectiva excelente sobre dos sistemas de formación de oficiales. La comparación permite algunos hallazgos, y la tesis tiene la dosis adecuada de provocación para estimular sin indignar.

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Sobre la Psicología de la Incompetencia Militar, de Norman Dixon

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Nota.- Libro de lectura recomendada (“nivel superior”) por el Estado Mayor, para los componentes del Ejército de Tierra de España  en 2016.

Obra de 1977, este estudio de la incompetencia militar se revela terriblemente obsoleto y tan lleno de prejuicios que cuesta comprender cómo se le puede seguir reeditando.

Norman Dixon se propone estudiar el mando militar concentrándose en los peores desastres y los mecanismos psicológicos subyacentes en las decisiones de los comandantes en jefe. La idea es sensata: como subraya el autor, no por amar las dentaduras bonitas hay que dejar de estudiar las caries. El autor recuerda algunos casos de grandes desastres y luego intenta encontrar los mecanismos psicológicos.

Los varios ejemplos de desastres militares, muy anglocéntricos, se resumen con trazo grueso intentando bosquejar a los oficiales generales. Su lectura produce un malestar creciente a medida que uno se da cuenta de que Dixon emplea referencias que, si quizás fueron creíbles en 1977,  en la mayoría de casos han perdido todo su valor: las fanfarronadas de Liddell Hart sobre su contribución a la doctrina blindada, las reflexiones frágiles de Alistair Horne, los textos exclusivamente a cargo de Correlli Barnett y Benoist-Méchin para hablar de los franceses, etc.  El lector familiarizado aun ligeramente con los temas se da cuenta a cada paso de que la comprensión de las batallas, de Verdún a Market-Garden pasando por Tobruk 1942 ya no tiene nada que ver hoy con lo que cuenta Dixon. Además, éste parece carecer de la perspectiva más elemental, contorsionándose, por ejemplo, para afirmar el rechazo de cualquier innovación durante la Primera Guerra Mundial: mucha artillería, pero “eso no podía ser nuevo”; gases eficaces, pero “sólo en el centro y no en los flancos”; penetraciones de tanques, pero “sin poder pasar del esfuerzo a la explotación” (como si la aplicación práctica de un arma nueva debiera estar descrita por una doctrina completa desde su primer uso). Reduce de manera tosca los acontecimientos militares a casos simplistas en los que los jefes toman decisiones simplemente absurdas.

Los modelos psicológicos a los que hace referencia Dixon seguidamente, para explicar las deficiencias de los militares, están igual de anticuados, llegando algunos a parecer no haber sido más que una moda: la inteligencia se reduce a las notas del examen de acceso a la escuela de cadetes; “todo se decide antes de los 6 años” para explicar el comportamiento de hombres formados por 30 años de carrera militar; la psique desarrollada cronológicamente, primero como instinto, luego inteligencia y finalmente sentido moral; etc. Pero por desgracia el texto no hace más que apoyarse de buena fe en modelos obsoletos; no sólo porque Dixon los aplique abusivamente sobre el mundo militar extrapolando lo que afecta a un individuo sobre lo relativo a una cultura o una organización completas, sino también porque siembra sus párrafos de tantos tópicos y prejuicios, menciona con tanta desenvoltura anécdotas o leyendas urbanas, que al final no se tiene más que una vasta psicología de barra de bar –cada vez peor a medida que el autor compara la carrera de los militares con la de las prostitutas o desarrolla una teoría sobre el rechazo por los militares de todo lo que parece afeminado [1].

No se identifica una tesis clara en el texto, si no es que la « incompetencia militar » (por lo demás, nunca definida adecuadamente) procede de la personalidad autoritaria de sus miembros. Si descubrir que el ejército atrae más a las personas cómodas con la autoridad, tanto para acatarla como para ejercerla, no es ir mucho más allá de lo evidente, Dixon se ve en un buen aprieto por haber argumentado tanto que la incompetencia militar obedece a factores psicológicos innatos y universales, presentes en todas las culturas. En la última parte del libro termina por preguntarse cómo han podido ganar guerras alguna vez los británicos. Pero no intenta encontrar una explicación, y se contenta con retratar a algunas personalidades, empezando por una veintena de páginas de clichés sobre la personalidad autoritaria de Hitler y Himmler –que no son militares…—seguidas de algunas palabras que mezclan anacronismos, superficialidades e intentos de interpretación por la vía sexual de Wellington, Napoleón, Rommel y dos o tres más.

Un pasaje revela inconscientemente la actitud suficiente del autor. Para describir el arquetipo del oficial, no tiene nada mejor a mano que un personaje de una novela barata de la década de 1930. Dixon jamás ha estudiado los desafíos, las dificultades y las posibilidades de un mando militar. De su texto no puede sacarse nada, y en este libro sólo hay una cosa que atraiga: el título.

Nota

[1] (tópicos) antaño el combate era más un enfrentamiento físico que intelectual (¿también al nivel de los generales?); la guerra le va mejor a las especies animales menos evolucionadas que la nuestra (¡vaya!, ahora los animales hacen guerras); la guerra de desgaste tiene un coste demasiado elevado y es por tanto señal de incompetencia (como demuestra la victoria del Viet Minh contra los estadounidenses en Vietnam);  las tropas japonesas no tenían instrucciones sobre cómo comportarse en caso de caer prisioneras, y por tanto suministraban gran cantidad de información cuando lo hacían; la valentía es ante todo el temor a parecer cobarde; el asma es una enfermedad psicosomática; (clichés) se ve a almirantes en posición de firmes, tiesos como postes, la mano en la visera en el saludo más impecable mientras su buque se hunde lentamente bajo sus pies (desde luego ocurre en los dibujos animados); (leyenda urbana) los profesores de Sandhurst acusaron de hacer trampas en un examen a un alumno que llevaba bien preparada la asignatura, tan bajo era el nivel de los otros alumnos…

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Alemanes en Normandía, de Richard Hargreaves

9788492400645

Aunque publicado en 2006, Alemanes en Normandía  es un texto a la antigua que, mediante una torpe acumulación de testimonios, perpetúa una visión desprovista de toda reflexión sobre la campaña de Normandía.

La estructura que elige Hargreaves es cronológica antes que temática, y su proyecto es dar la sensación del “día a día” de los combatientes. Su libro se basa esencialmente en los testimonios de los oficiales alemanes, sea en memorias publicadas en la postguerra o en unos cuantos diarios personales conservados –como el de Goebbels, citado extensamente. Estas elecciones producen un texto confuso y repetitivo. Confuso, porque la palabra pasa, en función de los testimonios disponibles, de una zona a otra del frente o de un nivel jerárquico a otro, sin que el lector pueda orientarse; repetitivo, pues las descripciones de los bombardeos sufridos o las dificultades de desplazamiento debidas a la aviación aliada son necesariamente repetidas por cada testigo, no habiendo sido concentradas en un mismo apartado temático.

Esto resulta tanto más problemático cuanto que Hargreaves jamás pone en perspectiva los puntos de vista narrados. Sin embargo su investigación es bastante seria, ofreciendo un panorama completo de los testimonios publicados -incluyendo los no traducidos al inglés- y complementándolos con algunas fuentes primarias como los diarios de operaciones de las unidades o los artículos de la prensa oficial alemana. Pero jamás se cuestionan los testimonios, y los problemas que éstos inducen nunca se resaltan. Como los relatos son intercambiables, el libro no ofrece, por ejemplo, ninguna clave para comprender porqué un ataque aliado fracasa cuando otro tiene éxito unos pocos días más tarde (Goodwood frente a Cobra). En la escala micro, el autor no cuestiona nada, ni siquiera lo trivial. Así, el día del desembarco, el jefe del EM alemán (Speidel) recibe la alerta a las 2 de la madrugada, pero sólo emite las primeras órdenes a las 10 de la mañana; Hargreaves no se pregunta por qué este retraso; quizás porque habría que sugerir la hipótesis de que los oficiales alemanes se han vuelto a la cama…

La impresión general que se obtiene de la lectura de Alemanes en Normandía es, pues, la descrita tradicionalmente por los soldados y oficiales alemanes: protagonismo del dominio del aire aliado, recordado sistemáticamente; masas de tanques y de artillería lanzados contra los alemanes para dominar el campo de batalla a través del material; mandos impotentes o desconectados totalmente de la realidad. En ningún momento se sugiere que, para los veteranos de la Wehrmacht, esto sea el medio de eludir las debilidades tácticas o doctrinales de su ejército de tierra, y de excusar de antemano todo lo que pueda sugerir una moral tambaleante. Todo lo contrario: Outnumbered the Landser always was in Normandy, but never outfought, escribe Hargreaves en la versión original, desvelando su tesis en todo lo que tiene de primitivo.

A falta de hacer el trabajo de un historiador, que más allá de acumular fuentes con oficio, tiene que cuestionarlas y reflexionar sobre su significado, Hargreaves se contenta con echar por encima una capa de pintura de color indistinguible de las que la precedieron.

Publicado en Historia Contemporánea, SGM Europa

Los comentarios de «El Lecteur», tanda 3

Sobre El Ejército del Porvenir, de Charles de Gaulle:

[…]

Efectivamente, se puede leer este libro como un saludable llamamiento para reaccionar ante el peligro alemán (hay que imaginar la difusión de las ideas pacifistas en la opinión pública). Es exactamente lo que se dice en la primera parte, aun si la Alemania de entonces, o simplemente las consecuencias del tratado de Versalles, no se estudian.

En cuanto al impacto sobre los diputados, leyendo este texto hoy me cuesta mucho imaginar un político educado y solicitado por numerosos lobbyistas darle importancia a este libro en particular. Eso ahora. Quizás entonces las cosas fuesen diferentes…

De hecho, una de las preguntas que me he planteado durante todo el texto era comprender para quién escribía de Gaulle. ¿Para sus colegas? No, demasiado superficial, demasiadas florituras. ¿Para el gran público? Demasiado técnico, demasiado sofisticado. ¿Para periodistas? Habría bastado un artículo.

He buscado informarme sobre las eventuales evoluciones del texto, planteándome la pregunta de si habría ajustes tardíos. La única información que he encontrado es una nota a pie de página, en la biografía de Jean Lacouture, indicando que una frase sobre la aviación apareció en una reimpresión de 1944 pero fue suprimida desde la edición de 1945.

Tendria mucha curiosidad por encontrar información más precisa.

La edición que tuve en la mano para la reseña es una compilación de escritos de anteguerra de de Gaulle, impresa en los años 90, sin ningún aparato crítico (prefacio, notas, etc). No sé si ha habido en algún momento edición crítica. Después de todo, el texto aún no se encuentra en el dominio público.

[…]

Sí, «rasgo genial» es abusivo, aunque hay que reconocer que papá Guderian fue quien supo poner en práctica lo que no era más que una idea de militar de gabinete. Y que esta puesta en práctica, justamente, no es tan sencilla. Pero «rasgo genial» es abusivo: lo escribí así queriendo, entre líneas, subrayar que Guderian no había aportado nada más.

Sin insistir en los aspectos emocionales : a pesar de «tener vacaciones pagadas», los franceses se las arreglaron para fabricar bastantes más blindados, y blindados más grandes y poderosos, que los alemanes. Lejos de ser “1 contra 10”, tenían superioridad numérica. Lo mismo para la aviación. Hay que desconfiar de las interpretaciones simplistas.

Evidentemente, este no es el caso local del Mosa, donde los alemanes, juntando en masa todos sus medios mecanizados, poseían una superioridad local.

El mejor libro sobre la campaña del 40 es el de Frieser. Una obra excelente.

Vuelvo sobre las cifras : el 10 de mayo de 1940, los alemanes tienen 2439 tanques, los franceses ( en el frente noreste) 3254. Entre éstos, 1478 tanques alemanes son ligeros (menos de 8 t) y obsoletos (tipos I y II). Enfrente, los franceses tiene 715 tanques de menos de 8 t. Por la parte de los blindados grandes, los franceses tienen 274 tanques B2, de 32 t, sin equivalente en el bando alemán, donde el blindado más pesado, el tipo IV, pesaba 20 t.

Los blindados aliados son cuantitativa y cualitativamente más potentes que los alemanes.

Para los aviones, los aliados (sin contar Bélgica y Holanda) tienen en total 4247 aviones modernos contra 3578 alemanes. Una vez más, menos alemanes que aliados. Los aviones aliados de hecho están dispersos a la vez en las colonias y en la retaguardia (anticipando una guerra de desgaste) mientras que los alemanes lo ponen todo en el mismo punto desde el principio. La aviación alemana pierde de todas maneras un 30% (¡!) de sus aviones en mayo y junio.

La industria francesa quizás no hizo bien los tanques (demasiado lentos, sin radio) y los aviones, y el ejército no los utilizó como se necesitaba. Pero una cosa es segura: de las fábricas salió una cantidad considerablemente mayor de armamento que en Alemania. Y además ¡los obreros pudieron irse de vacaciones pagadas!

Sobre Decisiones trascendentales, de Ian Kershaw:

Alabar este libro por su «trabajo de investigación en archivos» es la apreciación más incongruente que pueda hacerse. El texto se basa casi exclusivamente en fuentes secundarias (otros libros de historia, memorias, periódicos…) y excepcionalmente en archivos [veo las muy numerosas notas de un capítulo sobre Japón: de 130, sólo 4 se podrían clasificar «de archivo» y solamente si se consideran las 3 que afectan al diario de Kido…]. Pero no es que esto sea un problema: no hay ambición de aportar material nuevo, o mostrar una investigación inédita.

Por lo demás –y no hay que tomarlo como un reproche, un autor no puede saberlo todo- los capítulos sobre Japón están 100% basados en fuentes disponibles en inglés, sin ningún material japonés.

Y por eso resulta extraña la afirmación de que este libro «aporta nueva y numerosa información». ¡Uno se pregunta cuál!

Sobre Barbarossa Derailed: the Battle for Smolensk July-September 1941, de David Glantz:

De hecho, Glantz lo ha hecho cosas bastante mejor en cuestión de mapas (ver por ejemplo su Kursk) y se le puede reprochar no haber estado a su propio nivel. Indica que habrá mapas propios en el tomo 4 (esperemos); pero por el momento…

Sobre el primer mapa, como el conjunto del texto está en inglés, pensaba que se trata de algo hecho por el propio Glantz. Cuando se recorre el conjunto de este tipo de mapas no puede apreciarse ninguna anotación en alemán.

Sobre Los Generales Alemanes Hablan, por Liddell Hart:

Indico que es lamentable tener que leer a LH si se quiere comprender la historiografía pues pasar por él es obligado, pero irrita por su falta de método, su sesgo y su complacencia. Y porque casi todo es falso. También hay que leer las memorias de Churchill para comprender la historiografía, pero de ellas hay considerablemente más cosas que conservar.

Aprecio el detalle de que LH evolucionó en la preguerra. Por lo que entiendo, parece que sus ideas de los años 20 fueron realmente precursoras, sobre todo comparadas con lo que se concebía en aquel tiempo, pero sus textos de los años 30, como indica usted, son completamente diferentes. A fin de cuentas, se diría que LH escribió de todo y de su contrario, de forma que no cuesta demasiado encontrar entre sus artículos un texto que le haga quedar bien.

Los Generales Alemanes Hablan se publicó inicialmente en 1948, luego fue escrito en 1947, en el mismo principio de la guerra fría. Tengo una tendencia a pensar que este libro ha influido más de lo que le han influido. En fin, la empatía de LH por los generales con que se codea (a falta de haber podido tratar a los generales aliados) es tal, que su libro habría salido igual, con independencia del contexto político.

Sobre El Mito de la Blitzkrieg, de Karl-Heinz Frieser:

De hecho, el Frieser es una historia de la campaña de Francia centrada en la ruptura de las Ardenas. El debate sobre doctrina viene de forma secundaria, sólo de rebote. No se tiene la impresión de que Frieser se haya planteado de partida la pregunta «¿qué hay de esta doctrina?»; de otra forma habría escrito un libro muy diferente.

Sobre la campaña de Francia, en cambio, su texto es claro, moderno e instructivo. No comete el error de querer ser exhaustivo –así, deja de lado numerosas acciones secundarias- pero entra en detalle en los puntos fundamentales, y ahí, lo más cerca posible de las operaciones. Creo que sigue siendo destacable.

El otro punto interesante es que los alemanes, sin duda, no imaginaban que terminarían de un golpe con los franceses. O al menos sabían que les haría falta bastante más que técnica y voluntad de conseguirlo: es decir, al mismo tiempo, mucha suerte y la ayuda activa del mando francés. Pero después de Polonia y Francia, también después de Yugoslavia, imaginan poder repetir en la URSS. Terminan por tener fe en la idea de Guerra Relámpago, con independencia de las limitaciones geográficas, económicas, etc. Esta idea sólo está esbozada en el Frieser, al final del libro.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en SGM Europa

Los comentarios de «El Lecteur», tanda 2

Sobre A History of Military Thought, de Azar Gat:

[Por un comentario anterior] heme aquí en la extraña postura de tener que «defender» a Liddell Hart. Así que sólo por precisar: Azar Gat consagra un largo pasaje a la influencia de TE Lawrence sobre LH. Las obras de la década de 1920 son de hecho plagios de Fuller y de Lawrence.

Sobre el aspecto «guerra fría», la demostración de Gat pasa por una comparación con lo que Kennan proponía justo tras la guerra, mostrando que la «contención» original se parecía en varios aspectos a las ideas de LH de 1939-40. El enorme matiz es, por supuesto, la existencia de las armas nucleares. Pero, prosigue Gat, si la URSS o Alemania hubieran sido las primeras en poseer tales armas, habría sido lógico, si no probable, que se hubieran servido de ellas inmediatamente; pero los EEUU, justamente, rechazaron hacerlo contra los soviéticos, prefiriendo la disuasión, y también porque no podían prever que a la URSS le bastarían 4 años para hacer explotar su propia bomba.

En fin, estamos de acuerdo del todo sobre el encogimiento de la ambición del libro: si tiene una limitación, es ésta. Se pasa de una voluntad de completitud al estudio de algunos autores.

El análisis de Gat se detiene con el fin de la SGM, y no aborda lo que realmente ocurre durante la guerra fría.

Sobre Wages of Destruction, de Adam Tooze:

[Hay varias respuestas a distintos comentarios, siendo éste el libro más discutido de todos]

La bibliografía del Tooze ya no parece disponible en internet desde que el autor cambió de universidad. La URL citada en el prefacio del libro, www.hist.cam.ac.uk/academic_staff/further_details/tooze.html, ya no existe. Tooze ahora es catedrático en Cambridge, lo que explica sin duda la desaparición del enlace. Es imposible saber si referenciaba a Sutton. Los libros de Sutton, además, parecen difíciles de encontrar, pues no los han reeditado desde los años 70. Pero si veo pasar uno…

[…]

Los industriales perdieron la libertad de repartirse el acero como querían en 1937-38. Pero en esa etapa solamente el acero. Se puso en marcha un organismo de supervisión encargado de distribuir este recurso. El organismo estaba dirigido por ciertos industriales, pero debía acomodarse a las exigencias políticas. Este modelo se extendió a otros recursos en 1941 (si recuerdo bien), y luego aún más en 1942 con los 269 comités sectoriales de Speer y la distribución de mano de obra por Sauckel.

[…]

Por supuesto que rechazo todo etiquetado «neoclásico» o «neoliberal» pues lo que presento aquí es una nota de lectura, una crítica de libros, y las tesis enunciadas son las de Tooze más que las mías.

La tesis de Tooze es efectivamente la que resumes : «los nazis se esforzaron durante 5 años para encontrar “parches” y financiar su armamento»

La devaluación «de hecho» de Schacht está muy bien explicada en el Tooze, pero anotando también que tiene una vida corta. Rápidamente los socios, y en primer lugar los EEUU, comprenden el truco. No se trata de una reforma estructural sino coyuntural. Que no haya habido inflación está relacionado con el control de los salarios, pero también con el control de los precios (sí señor), el racionamiento de los bienes (tanto en el consumo habitual como la compra de vivienda), la sequía del comercio exterior (que hacia 1939 hace imposible un tipo de cambio creíble para el marco), y con una supervisión estricta y violenta de la producción para evitar cualquier mercado negro. En resumen, no estoy convencido de que los montajes financieros de Schacht, cuyo grueso tuvo lugar de 1933 a 1935, sean estructurales. Pues lo que ocurre más bien es que el uso del dinero se vuelve imposible o inútil. Lo aproximaría más a la situación del final de la RDA: los habitantes tienen las cuentas bancarias en vano, pues es directamente imposible comprar cualquier cosa –y sin que sea cuestión de precios.

Además no creo que la investigación científica se estimulase particularmente durante el periodo nazi. No olvido los inventos militares brillantes de algunos ingenieros enérgicos y bien relacionados. Pero no hay que engañarse: el número de estudiantes universitarios se hunde, toda carrera universitaria o científica –evidentemente en ciencias humanas, pero también en las experimentales- queda desacreditada. Los progresos obtenidos lo fueron en lo aplicado más que en lo fundamental (esto es igualmente cierto para el difuso programa nuclear).

Por último, y para esto no tengo una explicación, el hecho es que Francia, aunque sale con retraso, y aunque no tiene la potencia económica de Alemania, consigue pagarse una línea de fortificaciones y fabricar más blindados (y mayores) que los alemanes, y el mismo número de aviones. No sé si «los aliados sólo pudieron superar la industria alemana imitándola». No tengo la impresión de que los aliados hayan dedicado un esfuerzo tan intenso como Alemania para ganar; no tengo la impresión de que los alemanes se hayan aproximado a la intensidad de lo que hicieron los soviéticos.

[…]

Este texto es ante todo una historia económica del régimen. No consideraría esenciales los apartes que evocan la historia diplomática (o militar) – no es ahí donde el autor centra sus esfuerzos, no son más que un telón de fondo para la historia económica que desarrolla el libro.

[…]

Según otros puntos de vista, Hitler no presta casi atención a lo económico durante la década de 1930. Su práctica del poder, hasta el inicio de la guerra, es dilettantismo, procrastinación, pereza (la única tarea productiva que ejerce es la redacción de sus discursos), y entre los puntos que consiguen despertar su interés, la economía está la última.

(Hitler se pone a trabajar con más intensidad tras el inicio de la guerra, y sobre todo tras el ataque contra la URSS. Lo de las estadísticas económicas que devora y aprende de memoria, para impresionar a los generales, es algo que ocurre a partir de 1941, nunca antes).

El hecho de que el sistema económico esté de nuevo al borde de la ruptura en 1939, tras haberlo estado varias veces en los años precedentes, ¿no pudieron percibirlo la jefatura del estado, Hitler? ¿En qué medida percibieron las crisis precedentes descritas por Tooze? De ninguna manera…Y los aspectos económicos siempre son muy abstractos, bastante más que los militares o los políticos…

Tooze muestra cómo el desencadenamiento de la guerra y la posibilidad, mediante conquistas militares, de encontrar un nuevo «parche» económico, vienen muy oportunos. Pero no recuerdo que invierta causa y consecuencia, que pretenda que Hitler declara una guerra «a causa de la economía». Eso está tan lejos de la manera en que evoluciona el estado nazi, cuyas decisiones toma Hitler…

[…]

No he leído nada de Kershaw aparte de un libro menor del que hablo en algún sitio. No tengo opinión formada sobre las biografías de Hitler.

Oigo la tesis del Hitler omnisciente, hombre-orquesta que se interesa por absolutamente todo, etc,

Quienes evocan, en los años 30, las largas comidas durante las cuales Hitler habla solo o se encierra en el silencio; el paso al salón de música durante una buena parte de la tarde; la vasta oficina por la que Hitler sólo pasa de ciento en viento para firmar papeles preparados por sus ayudantes; su incapacidad para concentrarse en temas complejos; la jornada de trabajo que termina a las 16:00, saliendo el dictador seguidamente a darse un paseo por el jardín, con la cena temprana seguida de una película…todos esos han debido inventárselo todo.

Y pensar que porque más de 40 instituciones dependan directamente de Hitler, éste las gestione todas activamente y esté en el origen de cada una de sus iniciativas…basta decirlo para ver que es imposible.

[Continúa]

Publicado en PGM, SGM Europa, Siglo XIX

Los comentarios de «El Lecteur», tanda 1

Nota del editor -Con la entrada anterior se agotó el fondo de reseñas del lecteur sobre libros disponibles en castellano o inglés. A partir de ahora, este sitio acomoda su ritmo al del original.

Sin embargo, en los comentarios a algunas entradas de su blog, el lecteur ha ido añadiendo material complementario como respuesta a preguntas de otros lectores. Se presentará en las próximas tres entregas una antología de este contenido.

Sobre War as I Knew It, de George S. Patton: […]

Tras buscar en archivos originales, parece que War as I Knew It consiste en el diario de Patton. Muchos pasajes han sido omitidos, y por supuesto entre ellos los más provocadores o patéticos, incluyendo los más abyectamente antisemitas. Las partes conservadas parecen no haber sido modificadas. El libro es pues una especie de mezcla entre original y fraude.

Sobre Memorias de Guerra, de Montgomery: […]

Hay que comparar estas memorias con las de otros para apreciar su importancia. ¿Han tenido la influencia de las que escriben un Churchill o un de Gaulle? Para nada. Entre los jefes militares, ¿impactan más que las de los alemanes (Guderian/Manstein/Rommel)? ¿O que las de Eisenhower? En mi opinión, e incluso si puede lamentarse, la obra de Ike, igual que las de los alemanes, siguen siendo más leídas e influyentes que las de Montgomery.

Esto ¿por qué? Una de las claves es que Monty jamás explica adecuadamente sus batallas. Dice lo que hace sin explicar por qué. Otra clave es que, a partir de 1944, y todavía más en el periodo 1945-50, Montgomery se deja arrastrar por argucias de detalle y recriminaciones que le hacen flaco favor. Le falta una amplitud de miras que convirtiese su obra en algo más que anecdótico.

En cambio, sobre el tema de Patton, sería un error reprocharle a Monty no hablar de él. Patton y Montgomery no están, simplemente, al mismo nivel. Montgomery evidentemente tiene más luces, y ostenta mandos mucho más importantes que los de Patton. Montgomery nunca entra en competiciones con quienes no son sus superiores: no pierde jamás el tiempo en discutir con individuos de grado inferior al suyo –justo lo que es Patton (¡Patton en Normandía es su n-2!). En otros términos, Patton no está «en el radar» de Montgomery. Esto no significa que Montgomery aparente no ocuparse de él; es que sinceramente siente indiferencia hacia esa persona.

En resumen : hablar de Montgomery pide hacer bastante más que repetir el punto de vista desarrollado en sus memorias…

Sobre Japan’s Imperial Army, de Edward J. Drea: […]

[En referencia a los trabajos de Jean-Louis Margolin sobre el ejército japonés, no traducidos al castellano]

Leí hace algunos años el libro de Margolin, y creo que es mucho más la personalidad del autor que el contenido del libro lo que crea polémica.

Hasta donde me acuerdo, el libro de Margolin trata sobre un asunto bien diferente del de Drea. Margolin se interesa en particular sobre el comportamiento del ejército japonés (y el de la marina), estudiando sus crímenes de guerra y contra la humanidad. Margolin explota bastante, por ejemplo, las obras de John Dower, a quien critica inteligentemente. Hay largos desarrollos, si recuerdo bien, sobre la Unidad 731. Estos aspectos Drea los menciona (evidentemente) pero no son para nada el núcleo del libro: la unidad 731, por ejemplo, al no tener ninguna influencia sobre el curso de la guerra, sólo se recoge en una frase que menciona la impunidad de su director tras el conflicto.

Drea y Margolin tratan sobre asuntos diferentes y veo mal en qué uno puede «responder» al otro. Es una proximidad artificial, o ¿quizás? un argumento utilizado para impresionar a quienes no han leído ambos textos.

Estoy dispuesto a aceptar las webs donde se evoque a Drea contra Margolin.

Sobre In Pursuit of Military Excellence, the Evolution of Operational Theory, de Shimon Naveh:

[…] Los comentarios hechos muestran la dificultad de abordar esta obra. El libro puede cuestionarse de diferentes maneras, tanto por el fondo como por la forma; al mismo tiempo, parece el primero, o uno de los primeros, en otorgarle a la doctrina soviética la atención que merece; y establece un vínculo innovador entre esta doctrina y la que los EEUU desarrollan 50 años más tarde.

La dificultad está en esta combinación de forma dudosa, numerosos pasajes cuestionables (o como mínimo muy mal planteados) y una aportación fecunda.

¿Sólo tendríamos que quedarnos con la idea novedosa, y hacer «como si» el resto sólo fueran subproductos? ¿O habría que pensar que las innumerables insuficiencias del texto ahogan la idea interesante?

En fin, si hay algo sobre lo que hay acuerdo, es que esta obra sufre múltiples defectos. Algunos señalan al tono, otros a la estructura, otros a la pertinencia de los razonamientos…

Sobre La Infantería al Ataque, por Erwin Rommel: […]

El otro libro publicado por Rommel es el Gefechts-Aufgaben für Zug und Kompanie : Ein Handbuch für den Offizierunterricht, un volumen de 76 páginas (solamente) que parece haberse publicado en 1934 y haberse reimprimido cinco veces. Me dio la impresión de ser un libro diferente a «La Infantería al Ataque», aunque los dos estén relacionados.

Sobre Estudios sobre el Combate, de Charles Ardant du Picq: […]

El libro pretende ser una reflexión, pero como es un ensamblaje de fragmentos (algunos llegan justos a 2-3 páginas), con frecuentes menciones que son simpes auto-recordatorios del autor, como la referencia a tal o cual batalla, termina teniéndose la impresión de un monólogo interior.

Si el autor da aquí o allá su testimonio es casi sin querer.

[Continúa]

Publicado en Todas las épocas

Inside IG Farben, de Stephan H. Lindner

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He aquí una obra sobre una gran fábrica química, una de las ramas de la IG Farben, durante el periodo nazi. El texto está perfectamente documentado y construido con orden y sistema. Al mismo tiempo, esta ilustración detallada del comportamiento de los dirigentes de la industria, sin contener sorpresas o revelaciones, es más aburrida que apasionante.

Mientras que ya existe una bibliografía consagrada al conjunto de la IG Farben, este consorcio convertido en el símbolo de la potencia industrial alemana y de sus compromisos con el estado nazi, Stephan Lindner propone una monografía sobre un emplazamiento en particular: el de Hoechst, cerca de Frankfurt. Este sitio concentra I+D y producción de todas clases de productos químicos y medicamentos, en la mayoría de los casos con aplicación dual civil y militar [1].

El texto detalla la historia de la fábrica y sus principales dirigentes, tanto los dos patronos que llevan las riendas entre 1933 y 1945, como los científicos más importantes o los delegados nazis locales. Esta larga parte introductoria se extiende sobre 150 páginas. Es necesaria, pero larga y falta de dinamismo. A continuación sigue la nazificación de la fábrica, la exclusión de los individuos políticamente sospechosos y luego de los judíos, y el ambiente de delación que supura un poco por todas partes. Unos ejemplos concretos muestran cómo Hoechst no razona más que en términos de interés para la empresa, excluyendo a tal investigador judío al mismo tiempo que avisan a la Gestapo de que es demasiado brillante para autorizarle a emigrar, o no transigiendo sobre las cláusulas de no competencia que prohíben encontrar el más mínimo trabajo durante 2 años. Uno de los puntos más sorprendentes es el relativo a las interacciones jurídicas entre los empleados despedidos y la empresa, con algunos de los primeros demandando a la empresa (y perdiendo), todavía en 1940 o 1941, como si el estado de derecho aún tuviera alguna credibilidad.

El autor aborda, naturalmente, la presencia de mano de obra extranjera : aquellos venidos más o menos voluntariamente de Bélgica, Francia o Italia, y los prisioneros franceses o rusos puestos a trabajar. Hay unos 3000 «trabajadores extranjeros», 25% de los efectivos. Frente a la penuria de mano de obra, la dirección es proactiva para obtener acceso a más brazos, enviando por ejemplo «reclutadores» a los países de origen. El tratamiento de estos «extranjeros» es por supuesto malo, con una graduación entre las nacionalidades, siendo los soviéticos de lejos los peor considerados. Y a principios de 1945, cuando la producción termina por detenerse por falta de materias primas, la dirección está contenta por poder desviar sus trabajadores a las obras de fortificación.

Por último se aborda una campaña de ensayos farmacéuticos en cobayas humanos dentro de los campos de concentración. El autor recuerda que las discusiones sobre la ética de los experimentos ya existen desde el final de los años 20, y que los químicos de Hoechst, que están absolutamente convencidos de haber encontrado un medicamento contra el tifus, las conocen. Estos químicos tienen la red de contactos para entenderse sobre los ensayos con los médicos de las SS. Suministran muestras sin hacerse preguntas cuando surge una oportunidad para probar su producto en enfermos. Pero después de que uno de esos médicos SS, para una discusión técnica, vaya a Frankfurt, y todo el equipo de Hoechst descubra a la vez el nivel científico deplorable del individuo y la naturaleza de los ensayos, el patrón de la fábrica exige que todo el asunto se cierre. Los químicos le contradicen, afirmando que algo se puede extraer de los resultados, y continúan buscando otras vías –incluso cuando llegan los informes subrayando los catastróficos efectos secundarios y la total ausencia de impacto de su producto…Uno se da cuenta, de pasada, de que sitios como Buchenwald y Auschwitz son bien conocidos por los dirigentes, aun si no tienen ocasión de visitarlos personalmente.

Todo esto es un poquito interesante, sin más. Se comprende que el historiador pueda apreciar esta monografía. La fábrica es importante pero sin nada de sensacional ni en su tamaño, ni en sus productos, ni en su historia. Es un caso medio, «representativo». Y el trabajo de Lindner está investigado de forma impecable, en los archivos de Hoechst o de los procesos de postguerra, y presentado con orden y claridad. Pero la lectura del libro no es por lo demás apasionante, y eso se debe, sin duda, a que toda esta investigación es más una ilustración detallada de lo que ya se conoce a grandes rasgos, que una aportación nueva o una apertura de nuevos campos de estudio.

Nota

[1]La fábrica produce precursores de explosivos, pinturas que también sirven para los uniformes, materias plásticas, caucho sintético, vacunas, etc.

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La batalla del Ruhr, de Derek Zumbro

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Derek Zumbro entrega, sobre la fase final de los combates de la Segunda Guerra Mundial y la conquista del corazón de Alemania por los ejércitos estadounidenses, un libro de apariencia seria y fundamentada, pero cuya lectura va provocando progresivamente incomodidad, hasta que en el último capítulo estalla la tesis odiosa del autor.

Las operaciones militares en el frente occidental en 1945, pasada la batalla de las Ardenas, son un tema dejado de la mano de la historiografía. Derek Zumbro elige conducir su libro por este aspecto militar, y específicamente por los relatos de testigos o de soldados. La estrategia, el estado de fuerzas, las opciones posibles y las elecciones del mando apenas se esbozan, a beneficio de un cajón de sastre de pequeñas historias, extraídas de una quincena de entrevistas que el autor lleva a cabo en 2002 y de la paráfrasis de numerosos libros de historia regional disponibles en alemán. Es buena cosa disponer de una vista en un solo tomo de estas fuentes, a veces difíciles de encontrar y en general limitadas a una región o a una localidad.

Esta acumulación de anécdotas sin embargo priva al libro de cualquier ritmo, tanto más cuanto que los relatos se mezclan en una prosa continua y cubren típicamente de 5 a 10 páginas, ricas en detalles pero cuyo interés sólo raramente justifica la amplitud –sobre todo cuando se trata de testimonios en los que no pasa casi nada (así, el relato de un general enviado a Berlín a llevar un mensaje y que, una vez introducido en la sala de conferencias con Hitler, se queda callado). A pesar de cierta fluidez de escritura y algunos éxitos, como ese pueblo declarado «ciudad abierta» gracias a un oficial médico, la repetición de los «últimos días de acción en Paderborn antes de ser prisionero» cansa y uno se pone a leer en diagonal.

El lector crítico se preocupa al constatar que si Zumbro recuerda sistemáticamente fechas y lugares, nunca confirma sus relatos con otras fuentes, empezando por la exploración de los documentos de las unidades aliadas que están frente a los testigos [1]. Por ejemplo, interroga al coronel Reichhelm en 2002, un miembro del estado mayor de Model, y no pone sus palabras al lado de las que el mismo declara a los estadounidenses inmediatamente después del fin de la guerra [2].

El mismo lector crítico termina por inquietarse cuando observa que del panorama de los testimonios están totalmente ausentes los puntos de vista de quienes no sean soldados y habitantes locales: nada de relatos de trabajadores forzados (polacos, rusos, italianos, franceses), de escapados de campos de prisioneros, soldados estadounidenses o de todo quien podría dar un tono menos «victimista». El personal político nazi es percibido como igual de extraño que los soldados aliados, y ningún caso de represión policial se desarrolla durante más de una frase, mientras que varias páginas detallan el caso de un prisionero alemán abatido sumariamente por un soldado estadounidense. Con Zumbro, población y dirigentes no son más que gentes sencillas y razonables, desprovistas de poder.

Pero no le hace falta al lector ser crítico para comprender, en el último capítulo, la tesis del autor. Evocando la posguerra inmediata, Zumbro señala para terminar que hay poblaciones desplazadas y escapados de los campos: los primeros sólo son delincuentes, los segundos…fulleros y privilegiados. Lo único que anota es que los judíos (es decir, los pocos supervivientes de entre ellos) reciben más comida que la media de la población alemana, y que algunos optan por guardar su pijama de rayas para cuando tratan con los periodistas aliados (¡qué manipuladores!). Citando sobre ello uno de los pasajes más soezmente antisemitas del diario de Patton, Zumbro, tras más de 390 páginas aguantándose, confirma en sus últimas líneas que su proyecto se alimenta de una ideología innoble.

Notas

[1] Sólo hay una excepción : la muerte de un general de división estadounidense cuyo jeep, extraviado por la línea del frente, se topa a bocajarro con un tanque pesado alemán. Una comisión de investigación estadounidense detalla a continuación lo que ocurrió exactamente. Zumbro subraya que no había que echarle la culpa al soldado alemán que hizo fuego.

[2] Reichhelm redacta un manuscrito de 70 páginas (que puede encontrar aquí). Los comentarios que hizo entonces sobre Model son muy diferentes de los que le cuenta a Zumbro más de 50 años después…

Publicado en SGM Europa