How not to write military history

Se trata de una oscura crítica de un libro sobre Rommel en África del Norte, publicada hace casi 10 años en una revista científica y firmada por un autor al que se lee casi confidencialmente. Pero es una crítica que señala todo lo que puede atravesarse al escribir historia militar.  Hela aquí, traducida al español desde el inglés pasando por el francés, sin que sea necesario identificar el libro criticado, de tantas obras que hay de las que podría decirse lo mismo.

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El autor afirma en sus agradecimientos que la historia militar «no está bien vista en los círculos intelectuales de moda». Es un estribillo que se escucha regularmente a los historiadores militares, quienes añaden, de paso, que dicha disciplina resulta deliberadamente ninguneada cuando se reclutan profesores. Pero este libro pone de manifiesto algunos de los problemas de la historia militar tal como los percibe, quizás, el medio universitario en su conjunto. No solamente se fetichiza el combate (y el ejército alemán), sino que cuando el texto contiene -como en este volumen- largas series de batallas, se recalienta: los hombres se agotan, la actividad es intensa, el calor es agobiante, la potencia de fuego es aplastante, el combate cuerpo a cuerpo es feroz, las pérdidas son fuertes, los bombardeos son continuos, los fuegos de artillería son intensos, el alcance de los morteros es suicida, los fuegos anticarro son constantes, los mandos son valientes, la resistencia es decidida, los regimientos se desbandan, los intentos son desesperados, las defensas son impresionantes, las unidades fracasan miserablemente, los esfuerzos son vacilantes, los contraataques son fogosos, el liderazgo es tenaz, los resultados son previsibles, las actitudes son agresivas, los disparos llegan como el relámpago, los avances son rápidos, las situaciones son críticas, las arengas son calurosas, las patrullas de rutina son aburridas, etc.

¿Realmente cada sustantivo necesita su adjetivo, cada verbo su adverbio? ¿De verdad todos los fuegos son nutridos y todos los contraataques valientes? Y el combate cuerpo a cuerpo ¿alguna vez puede dejar de ser feroz? ¿Qué decir de la afirmación según la cual «Berndt era uno de esos jóvenes airosos cuya compañía complacía a Rommel, y con quien le gustaba bañarse desnudo. Aparte de eso, Rommel emocionalmente era frígido»? ¿Cómo sabemos que Rommel «soñó» invadir Egipto o que Weichold era como un «alma gemela»? El autor habla del «espíritu árabe». ¿Habría que relacionarlo con el «espíritu negro» de la historia de los EE.UU.? […] El autor se adhiere en gran medida al desprecio que los alemanes sentían por los italianos; ¿se podría suponer que la actitud de los alemanes frente a, digamos, los judíos o los eslavos se podría respaldar con tanta convicción? […]

Este libro gustará seguramente a los historiadores militares; pero para los demás, los clichés lingüísticos y la tendencia a novelar los combates plantearán tantas preguntas como pocas respuestas aportan, lo que podría explicar bien por qué la historia militar a menudo resulta ninguneada en los nuevos nombramientos para formar parte de los cuerpos de profesores de universidad.

Publicado en Historia Contemporánea, SGM Europa

Patton, o del cuestionamiento de las fuentes

Modificar las fuentes que forman la base del trabajo histórico puede, naturalmente, alterar las conclusiones de los historiadores. Es precisamente lo que ocurre hoy con un oficial tan famoso como George S. Patton.

Ya hemos tenido la ocasión de evocar las obras principales dedicadas a Patton, así como las distorsiones engendradas por la publicación selectiva de su diario. Pero aún puede ser peor: ese mismo diario ha pasado a convertirse en una fuente problemática.

Parece caso singular entre los diaristas— que Patton escribía su diario a mano, y que más tarde esas notas manuscritas eran pasadas a máquina por un ayudante. Esta puesta en limpio se realizaba semanas después de los acontecimientos, y Patton se beneficiaba de ello para enmendar y corregir su texto.

Las dos versiones están disponibles en los archivos estadounidenses desde hace décadas, e incluso han sido digitalizadas hace algunos años. Su comparación es instructiva: Patton modificó regularmente su texto a posteriori para «figurar» más y atribuirse inteligencia e intuición operacional superiores a las reales. Algunos de los extractos más conocidos y citados, como algunos comentarios de julio de 1944 sobre cómo romper el frente en Normandía, o aquella famosa frase del 25 de noviembre de 1944 en la que Patton «predice» el ataque alemán en las Ardenas, son añadidos posteriores a los sucesos.

El diario de Patton es una fuente esencial para comprender al personaje. Parece que no hay que fiarse de la versión publicada por Martin Blumenson, pues se trata de la copia mecanografiada a posteriori; es necesario referirse al texto manuscrito. Cambiando este dato inicial, las conclusiones que se obtienen sobre Patton son muy diferentes. De hecho, este descubrimiento, que acaba de ser objeto de una publicación científica, invalida grandes partes de la bibliografía pattonesca, y cuestiona numerosas interpretaciones sobre la acción de los ejércitos estadounidenses.

He aquí, por ejemplo, los extractos del 25 de noviembre de 1944. Se aprecian diversos cambios editoriales (orden de frases, detalle de formulaciones) y sobre todo la adición, tan poco discreta como si se hubiera pegado con abundante cinta adhesiva, de una frase fundamental sobre la situación en las Ardenas.

Publicado en Historia Contemporánea, SGM Europa

Absolute Destruction, de Isabel V. Hull

Absolute Destruction es una obra fundamental que explora en qué consiste la cultura del ejército alemán y cómo ésta se traduce en comportamientos que evolucionan progresivamente hacia lo más radical, lo más total.

Siguiendo una estructura particularmente original, la autora observa el conflicto colonial contra el pueblo Herero de Namibia en 1904-05 (1), para mostrar después cómo las mismas causas (culturales y sociales) producen las mismas consecuencias durante la Primera Guerra Mundial.

La represión de la revuelta de los Herero se traduce en el acaparamiento por la institución militar de todos los aspectos de la vida en Namibia, puesto que el comandante de las tropas es al mismo tiempo el gobernador. La doctrina operacional busca la gran batalla de envolvimiento-destrucción, inspirada en Sedán (1870), exactamente igual que el plan Schlieffen de 1914 contra Francia o numerosos otros episodios de la Gran Guerra. Si la batalla de envolvimiento falla porque los Herero consiguen escaparse, el mando alemán, incapaz de usar otros marcos doctrinales, continúa buscando la destrucción de los Herero. Esto pasa a significar rápidamente el asesinato de toda la población, sin intentar distinguir a los combatientes de los que no lo son, inicialmente echándoles al desierto y después dejando morir de hambre y enfermedades a los que se encierra en campos de concentración. Ante las (débiles) objeciones humanitarias o legales, el mando remite a la «imperiosa necesidad militar», criterio que le permite imponer su punto de vista. Actuando así, ya no tiene sentido el concepto «victoria» pues los militares rechazan la misma idea de «negociar» una paz; consideran, a pesar del estado miserable e inofensivo de la población Herero superviviente, que detenerse antes de la destrucción total de la población indígena sería una muestra de debilidad.

Isabel Hull identifica así varias constantes culturales, algunas de las cuales aparecerán con más fuerza durante la Primera Guerra Mundial. Se unen la estructura policrática del Estado alemán —las principales administraciones (militar, diplomática, económica) se yuxtaponen sin más órgano superior de coordinación que el propio emperador en persona— y el hábito cultural de no permitirse criticar las decisiones de los militares.

El tratamiento de las poblaciones civiles es otra ilustración. Tanto en Namibia como en los territorios ocupados a partir de 1914 en Rusia y Francia, el ejército desea imponer un control estrecho por miedo de todo lo que se pueda parecer a los guerrilleros franceses (francs-tireurs) de 1870; pero, imponiendo un exceso de orden, intentando reglamentar la vida cotidiana como si fuera un cuartel mediante innumerables medidas administrativas, las autoridades de ocupación no hacen más que multiplicar las oportunidades de transgresión. La multiplicidad de reglas engendra un aumento de violaciones de las mismas; cada una de ellas se considera como una provocación insoportable y acarrea represión y destrucciones cada vez más violentas. El exceso de orden aumenta, de hecho, el desorden, en un mecanismo ineluctable.

El fenómeno se amplifica mediante otro matiz cultural: la delegación de poder y las órdenes de las misiones, que indican los objetivos, pero dejan libertad a los subordinados para elegir la manera de conseguirlos (Auftragstaktik). Este método es contradictorio con la voluntad de control y la planificación meticulosa en el nivel superior. De ahí las incoherencias consustanciales al plan Schlieffen (planificación previa muy detallada frente a delegación a cada ejército de las decisiones cotidianas). Esta observación es tanto más saludable cuanto que la contradicción, evidente desde su mismo enunciado, sólo se menciona muy pocas veces en las obras de historia militar.

En fin, un mecanismo constante en la psicología de los militares alemanes es el «miedo a parecer débil» (no el «miedo a ser débil»), rasgo observado a menudo y que en cada ocasión produce escaladas de comportamientos. La autora señala aquí un mecanismo puramente cultural, generalmente implícito pero a veces identificable con toda claridad en las justificaciones que dan los militares.

En conclusión, Isabel Hull subraya cómo esos determinantes culturales pueden explicar la amplificación de la violencia, sin que sea necesaria una ideología racista o expansionista. Es entonces lógico que, si una ideología de esa clase se hace cada vez más presente, los militares terminen rápidamente aplicando la violencia desmesurada sin preocuparse de las limitaciones legales, religiosas o humanitarias.

El texto, siempre claro, resulta a veces de lectura un poquito difícil a causa de los formulismos universitarios y de algunas repeticiones. Una limitación que aparece regularmente es que la autora considera que los acontecimientos suceden fatalmente («como el plan Schlieffen fracasó, jamás hubiera podido salir bien»). De igual forma, quizás sin darse cuenta, Isabel Hull reduce la logística de los ejércitos al aprovisionamiento de víveres, ignorando por ejemplo las municiones, de forma que sus argumentos a veces están incompletos. Así, el capítulo que extiende la tesis al comportamiento de la misión militar alemana en el Imperio Otomano durante el genocidio armenio es menos convincente.

Estas limitaciones no afectan al alcance del libro, bien servido por la potencia de su tesis y por la profundidad de la investigación sobre Namibia o las ocupaciones alemanas. Sobre todo: las constantes culturales identificadas son totalmente extensibles a la Segunda Guerra Mundial, pues el ejército alemán no cambió fundamentalmente de paradigma después de 1918.

Para concluir, Absolute Destruction es un libro indispensable para comprender el ejército alemán hasta 1945. Es pura y simplemente imposible escribir algo serio sobre los soldados y oficiales alemanes sin haberlo leído.

Nota

[1] Un conflicto muy poco conocido, pero quienes hayan leído «V.» de Thomas Pynchon habrán oído hablar de él, e incluso puede que no lo hayan olvidado.

Publicado en Historia Contemporánea, PGM

La vuelta a los orígenes: una ilustración sobre Patton

He aquí una muestra de lo que da la recursividad: el trabajo que, para el historiador, consiste en llegar al origen de la información. Aquí, sobre el general Patton, decididamente favorito del lecteur en este momento.

Patton mantuvo un diario, del que Martin Blumenson publicó largos extractos en los «Patton Papers» de 1974.

Este grueso volumen fue traducido parcialmente a francés, con el título Carnets secrets du général Patton («Los cuadernos secretos del general Patton»). El lecteur nunca se hubiera imaginado que nadie que se llamase a sí mismo historiador podría jamás referirse a esta traducción antes que al original, pero después se ha dado cuenta de que algunos se alababan muy solemnemente de la profundidad de sus investigaciones por el simple hecho de haber leído el original el inglés…

Los Patton Papers ofrecen largos extractos del diario de Patton, pero sin embargo no reproducen textos completos. El principio de recursividad lleva al investigador a buscar la versión original e integral.

Tomemos por ejemplo la entrada del 17 de noviembre de 1945. Blumenson cita de ella unas 15 líneas, mientras que Patton escribe siete páginas. ¿Qué se descubre en lo que Blumenson ha dejado de lado? Pues que Patton daba crédito a una teoría de la conspiración completamente delirante sobre el origen de la Segunda Guerra Mundial: los soviéticos, en 1930, son la mano tras la financiación del partido nazi, pues quieren manipular a Alemania para que declare una guerra mundial; guerra de la que los soviéticos ya saben de antemano que les dará el dominio sobre media Europa. ¡Encima, esos mismos soviéticos son los que fuerzan la mano a los alemanes para que invadan Polonia en 1939; los que hacen antisemita a Hitler, y los que han originado todas las persecuciones contra los judíos!

Todo lo anterior pone un poco en entredicho la credibilidad de Patton y le hace aparecer como alguien sorprendentemente ingenuo, sin hablar de la intensidad de sus prejuicios, ni tal vez de su cada vez peor salud mental. Martin Blumenson, probablemente avergonzado de este documento, no lo alude ni siquiera ligeramente y prefiere dejarlo totalmente de lado. La exigencia de recursividad permite, gracias a una duda sana, tomar conciencia de la amplitud de lo que se ha disimulado. Y se ve, una vez más, la necesidad de basarse en documentos originales antes que en extractos publicados en libros.

He aquí el texto. Los subrayados corresponden a lo que Martin Blumenson cita en los «Patton Papers». Notad, de paso, cómo se omiten 9 palabras con un comentario racista (uno más) sobre rusos y japoneses.

Los que hayan llegado al final de esta nota habrán encontrado un comentario final, también descartado por Martin Blumenson, sobre Eisenhower, que «se opone de corazón a los blindados»…

Publicado en Historia Contemporánea, SGM Europa

Las fuentes y el trabajo de escritura histórica

Aunque me sienta poco legitimado para hablar de metodología histórica, anoto algunos apuntes de trabajo sobre el periodo de la Segunda Guerra Mundial. Algunos lectores de esta entrada, quizás, los podrán aprovechar…

El trabajo histórico se descompone en, y reduce a, las siguientes etapas sucesivas:

  1. Definir el problema que quiere abordarse y estructurarlo;
  2. Buscar información;
  3. Darle un tratamiento a esa información;
  4. Sacar de ella un texto presentable; escribir.

Estas etapas son más o menos iterativas. Ocurre a veces que la búsqueda de información lleva a depurar o modificar la definición del problema, o que su tratamiento active alguna búsqueda adicional. Lo más importante en la secuencia es que empiece por la estructuración del tema: se parte de un tema y luego se busca la información. Lo que no debe hacerse es partir de una cierta información para intentar encontrar con ella un tema. La forma correcta de trabajar es, casi siempre, de arriba abajo, y no al contrario.

La búsqueda de información, a mi juicio, debe estar apoyada en dos principios: la recursividad y el uso de series completas.

La recursividad consiste en buscar la primera vez en que aparece la información más importante. Me explico. La Segunda Guerra Mundial es objeto de una cantidad de bibliografía tal, que los sucesos, los hechos y sus interpretaciones se repiten mucho en varias obras impresas e innumerables páginas de internet. Pero, para el historiador, el valor de buscar el auténtico origen de las descripciones y las interpretaciones es enorme. Un punto que aparece por primera vez en unas memorias escritas 20 años después de la guerra podrá ser tratado de forma distinta a otro para el que se encuentran registros exactamente contemporáneos del suceso.

Los autores competentes proporcionan la fuente de sus datos, lo que permite al investigador avanzar rápidamente con este trabajo de recursividad. De referencia en referencia, se acaba por caer, o en las fuentes primarias (archivos, testimonios) –vuelvo sobre esto más adelante–, o en autores que no indican sus fuentes. Como es lógico, quienes no aportan fuentes presentan sistemáticamente problemas de fiabilidad. Oh, claro: dirán que eso “asusta a los lectores”, que “no le interesa a nadie”…excusas flojas en lugar de confesar que son unos aficionados. Para decirlo de otra forma: esa gente escribe novelas, pero no historia.

Tomemos a un gran general estadounidense; por ejemplo, Patton. La recursividad indica rápidamente que muchas de sus anécdotas truculentas sólo aparecen en la bibliografía a partir de la publicación de una cierta biografía en la década de 1960, encima desprovista de fuentes. Su autor ¿habrá realizado una investigación rigurosa, cuyas fuentes habrá ocultado aposta, o habrá novelado su obra prestando crédito a rumores, cuando no inventándolos? Sólo quien reconozca los puntos “nunca antes mencionados” puede tener una idea sólida. De hecho, un historiador que hoy escriba sobre Patton sin recursividad se está contentando con repetir cándidamente rumores y errores…incluso aun si firma obras de más de un millón de caracteres.

La recursividad lleva enseguida a las fuentes primarias, a los archivos o a la historia oral registrada en la época. No hay ninguna justificación para no llegar hasta ellos. Un motivo fundamental es que, sin duda, el problema sobre el que uno trabaja hoy no es el mismo que el de sus predecesores: uno cuenta con usar el documento “fuente” de forma distinta a ellos, y por ello debe acceder a él, sin contentarse con el eventual extracto que alguien mencione en un libro. Si, por ejemplo, se trabaja sobre la propaganda de guerra, se contemplarán las producciones cinematográficas de otra manera que quien las cita para analizar la carrera profesional de los actores.

La recursividad permite los hallazgos, aun sobre los temas más manidos. Por mencionar un ejemplo leído en un libro reciente, Roman Töppel identifica el origen del plan de la Operación “Zitadelle” buscando cuándo aparece por primera vez su concepto. Esto le permite interpretar de manera distinta las aportaciones u objeciones de Manstein, Model, etc. La génesis de Kursk ya estaba tratada en numerosos libros, pero Töppel ha hecho el esfuerzo de llegar hasta el origen de la información.

Pero hay otro motivo, más lamentable, que obliga a volverse hacia el origen de la información. Resulta de lo más corriente, cuando se acude a la fuente primaria, darse cuenta de que el autor que se refiere a ella no la ha comprendido o utilizado adecuadamente. Esa cita que parece una conclusión definitiva, en realidad procede de un texto lleno de condicionales. Esa otra orden perfectamente clara, en realidad contradice lo que pone la siguiente línea. Aquel pasaje visionario se ahoga, rodeado de texto completamente miope. Digo “lamentable” pues este fenómeno debería ser escaso; la experiencia muestra, por el contrario, que ocurre muchas veces.

Quien nunca ha hecho el esfuerzo de ir a los orígenes de la información no puede ser consciente de estas limitaciones. No corre el riesgo de comprobar que a un documento le falta sinceridad, y creerá, por el contrario, que al haber sido citado por un historiador previo es perfectamente fiable. Probablemente, el autor que nunca se ha interesado por el origen de la información ni siquiera sabe que esas limitaciones existen: es la anosognosia.

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Esto me lleva al segundo principio que guía la investigación: del mismo modo que hay que leer, más que una página aislada, una buena parte de un libro para captar su espíritu, en las fuentes primarias tampoco hay que contentarse con documentos aislados, sino abarcar series completas. No se juzga una serie de televisión por un episodio, sino por temporadas.

Incluso si lo que sigue parece evidente, merece la pena recordarlo: un informe de reconocimiento anticipa un ataque enemigo, que ocurre justamente tres días después. ¿Representa ese informe la calidad de las operaciones de reconocimiento? Muy poco, si los 17 informes previos anticipaban también un ataque y todos se equivocaron…Y muy poco, igualmente, si otro informe, no tres días anterior sino de la víspera del ataque enemigo, afirma que todo está en calma…En realidad, bastante más precioso que lo que contiene un documento en un instante “t” resulta determinar lo que es nuevo y distinto de lo escrito antes y después. Esto obliga necesariamente a leer series completas.

Y sí, implica más trabajo y resulta más laborioso que contentarse con tres líneas citadas en algún libro viejo…

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Se me dirá: “pero todo eso es muy complicado, son muchos libros que consultar y los archivos no están accesibles para cualquiera”. Pues bien: ¡que los vagos dejen de querer hacerse los historiadores!

Detengámonos un momento sobre la accesibilidad de los documentos.

Las fuentes secundarias, los artículos, las tesis, los libros, son evidentemente de acceso más sencillo. Ya no hay libros “inencontrables”: todo se compra, y fácilmente, por internet. No hablemos ya de las versiones electrónicas, disponibles con mayor o menor respeto de los derechos de autor…Además, algunas bibliotecas gigantes (Nacional de Francia, del Congreso de los EE.UU., British Library…) recogen casi todo lo imaginable. Se puede no haber pensado en un libro, pero ya no valen excusas de que no se han podido consultar los que se habían identificado, empezando por todos los citados en las bibliografías de los autores precedentes.

¿Y los archivos? Son como las bibliotecas públicas: puede acudir a ellos todo el mundo, las formalidades son mínimas, y los documentos rápidamente accesibles. Sí, es cierto que es más difícil trabajar a distancia y generalmente es preciso desplazarse [1]. Eso requiere un poco más de tiempo y cuesta algo más, sobre todo si es necesario ir al extranjero. Pero en todo caso no hay excusa que valga para no hacer el esfuerzo, y los que pretenden que es demasiado difícil, y sus variantes “no es realmente necesario” o “hay riesgo de desplazarse para nada” sólo están revelando sus limitaciones.

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Hay, naturalmente, otro obstáculo: el idioma. Si sólo se domina el francés (o el español, N. del E.), al trabajar sobre la Segunda Guerra Mundial los temas disponibles se agotan enseguida. El inglés abre un campo gigantesco de documentación, con fuentes tanto primarias como secundarias, y será suficiente para trabajos que versen principalmente sobre los aliados occidentales. Pero ¿es creíble estudiar a los alemanes sin tener ni idea de alemán? Hay tantas cosas traducidas, incluyendo kilómetros de archivos traducidos por los servicios de inteligencia, que a veces se puede llegar muy lejos en la investigación sólo con el inglés.

No por ello es menos cierto que estudiar la Segunda Guerra Mundial privándose de los textos originales en alemán es una grave confesión de debilidad, sobre todo si se elige tratar específicamente a los alemanes. El lecteur ha visto con sorpresa y desesperación a algunos no darse ni cuenta: fulano presenta portada por portada los libros empleados, pero sin mencionar obras en alemán, vanagloriándose al mismo tiempo de escribir específicamente sobre el ejército alemán…Y en cuanto al trabajo biográfico, es simplemente absurdo querer aproximarse a un personaje al este del Rin sin ser capaz, por ejemplo, de leer sus escritos en versión original, y contentarse con traducciones o incluso traducciones de traducciones (ya sabéis: la versión francesa o española de la biografía en inglés, con la traducción de la traducción de las cartas a su mujer).

De modo que, llevando las cosas al extremo, ¿es necesario saber japonés para escribir sobre la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico? El lecteur tiende a pensar que es mejor, es *mucho* mejor. Luego, el lecteur se dice que, si Timothy Snyder, como por ejemplo en su admirable Tierras de Sangre , ha sido capaz de leer en francés, inglés, alemán, polaco y ruso, no hay ningún motivo para que los demás autores sean menos ambiciosos…

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Unas últimas líneas sobre las fuentes no escritas. Evidentemente, el investigador debe aprovecharse de la iconografía, las fotografías, los registros sonoros y filmados, los estudios sobre uniformes y equipamiento. Pero me cuesta ver que tengan aportaciones fundamentales. Si permanecemos en el campo de la historia militar, esas fuentes raramente llevan a conclusiones útiles.

Debo ilustrar este punto: las fotografías de soldados o de material militar abundan. Algunos, de hecho, las coleccionan, y hay todo un filón de libros que yuxtaponen fotos de tanques de gran tamaño, aviones, armamento. Pero no son textos de historia (además, el texto que acompaña a las imágenes es tan breve como carente de interés editorial), sino especies de catálogos cuyo aspecto repetitivo hace pensar en otro género bibliográfico.

Dejemos de lado a los autores que prefieren ante todo la iconografía, porque mirar imágenes es más simple que leer documentos. ¿Qué saca el investigador serio sobre la iconografía? Pues bien, como máximo, saber si cierto tipo de vehículo blindado se usaba en ciertos lugares o periodos – y eso, si ninguna fuente escrita lo hubiera registrado-. ¿Aparte de lo anterior? Las fotografías normalmente las sacan los soldados con su cámara privada, o los reporteros de guerra. Muestran pues detalles de una perspectiva individual, en situaciones más bien “frías” y no de plena acción. Resulta excepcional, por mantenernos en la escala táctica, que una fotografía muestre la organización de una posición defensiva mediante una vista de conjunto, o incluso todo el material de que dispone una unidad. Se tienen, por tanto, imágenes de microdetalles que sólo aportan…microdetalles. Nunca, o casi nunca, hay nada tan importante como las fuentes audiovisuales relacionadas con los agentes políticos (discursos de Churchill, etc.)

También aquí es necesario consultar series de fotografías. El lecteur, por ejemplo, ha caído sobre decenas de fotos de Rommel tomadas por seres irrelevantes durante la guerra en Libia (1941-42). Ninguna poseía interés intrínseco, sólo se veía a Rommel andando con dos o tres personas más. Pero la acumulación enseñaba que Rommel llevaba siempre puestas sus condecoraciones, incluso en las situaciones más tensas. Se veía también a Rommel usar muy frecuentemente la misma pose, la misma orientación fotogénica de la cabeza: se comprende que había trabajado su imagen pública y se había preparado una forma de presentarse, exactamente como un (o una) modelo que, ante la cámara, se coloca siempre del mismo modo aprendido y repetido. Y la pura masa de fotografías mostraba que Rommel, allá donde iba, era fotografiado por los soldados rasos. Estaba como rodeado de paparazzi, lo que modifica la visualización que se puede tener de un general en campaña. Todo eso, ciertamente, resulta curioso pero, finalmente, de importancia secundaria.

Entre las fuentes no escritas, una verdadera excepción: el conocimiento del terreno es auténticamente indispensable para el investigador en historia militar. Se cambia de nivel de comprensión y de finura de análisis cuando se ha podid circular por el campo de batalla. Se ven entonces los dilemas, las dificultades, las oportunidades que el simple examen de los mapas no ofrece. Ah, claro, eso requiere una vez más viajar, pero como ya hay que hacerlo para visitar los archivos…

Nota

[1] Millones de páginas están disponibles en internet, y se empieza, naturalmente, por ellas. Pero el investigador “recursivo” acabará llegando también a documentos que no están colgadas, a condición, por supuesto, de que trabaje “de arriba abajo”.

Publicado en Historia Contemporánea, SGM Europa, SGM Pacífico

L’ambre et le fossile – Transferts germano-russes dans les sciences humaines XIXe-XXe siècles, de Michel Espagne

Traducción autorizada de:

http://www.nonfiction.fr/article-7421-lallemagne_terreau_des_sciences_humaines_russes.htm

Las élites rusas aprendían desde la infancia idiomas con preceptores extranjeros; estudiaban en Europa y viajaban por ella, y la presencia francesa en la cultura rusa no puede escapar a cualquier observador que pueda entretenerse encontrando numerosos pasajes en francés en «Guerra y Paz» de L. Tolstoi. Si a Francia se la asociaba sobre todo a la cultura mundana y artística, los primeros historiadores de Rusia en la Academia de Ciencias fundada por Pedro el Grande en 1724 fueron alemanes (–> Gerhard Friedrich Müller, August Ludwig von Schlözer). El germanista Michel Espagne, investigador en el CNRS y responsable del laboratorio transferS en la ENS-Ulm, se ha interesado por las «transferencias germano-rusas en las ciencias humanas» en los siglos XIX y XX. La obra, compuesta a partir de artículos del autor aparecidos desde 1999, incluye capítulos consagrados a trayectorias personales, lugares de intercambio y la formación de nociones, métodos o corrientes de pensamiento.

El autor recuerda en la introducción que la presencia alemana en Rusia viene desde la Edad Media y se observa en medios tanto campesinos como aristocráticos, mientras que la presencia francesa es «menos profunda, más elitista». Ha elegido concentrarse en las transferencias en el campo de las ciencias humanas pues éstas se omiten con frecuencia de las historiografías nacionales, que tienen a enmascarar los préstamos: «Esas herramientas [la historia de la literatura y la historiografía] de construcción de una identidad tienen siempre a rechazar, a reinterpretar las piezas de la construcción importadas desde un contexto al otro». Sin embargo, las ciencias humanas rusas se construyeron en gran medida a partir de las ciencias alemanas.

Así, Propp, autor de la célebre Morfología del Cuento, tiene orígenes alemanes que las circunstancias (la Segunda Guerra Mundial) le llevan a rechazar; su reflexión se nutre de lecturas alemanas, y M. Espagne afirma que «la reflexión de Goethe sobre las plantas es la que suministra los conceptos al sistema a partir del cual Propp estudia los cuentos rusos».

Espagne subraya que algunos pensadores alemanes, hoy olvidados, han dejado un legado en Rusia: «lo que Rusia retiene de los préstamos de la ciencia alemana no es siempre lo que la propia memoria alemana ha conservado de etapas anteriores de su propia historia. Hay filósofos, teóricos, historiadores que perdieron toda su importancia en su contexto alemán de origen, pero encontraron otra en el contexto ruso […] El interés del observador se centra en la separación entre el sentido de un objeto cultural en su contexto original y en su nuevo contexto de acogida, así como sobre las distintas meditaciones: sociológicas, institucionales, religiosas, que explican el desajuste». El capítulo consagrado al formalista Zhirmunski se titula, de hecho, «Síntesis y rescate de ciencias alemanas». Este aspecto explica el título del libro, el ámbar y el fósil: «se encontrarían, así, en los estratos geológicos del espacio cultural ruso, los estratos fósiles de una Alemania olvidada». Si el título del libro y su justificación pueden parecer muy germanocéntricos, los análisis aportan una verdadera contribución a la comprensión de las ciencias humanas rusas.

Francia está bien lejos de resultar ausente de estos intercambios: «el espacio francófono aparece a menudo como tercero en discordia». Michel Espagne proporciona así el ejemplo del orientalismo ruso, que tiene orígenes franco-alemanes; estudia el recorrido de dos orientalistas franceses invitados a ocupar las primeras plazas de esta disciplina en Rusia.

La mayoría de las transferencias estudiadas pasan de Alemania (o Francia) hacia Rusia más que al contrario, aunque el formalismo ruso tuvo consecuencias importantes en ambos lugares. En los estudios de sociología de la traducción, este estado de cosas le ha valido a Rusia ser clasificada como «periferia» (–> Johan Heilbron y Gisèle Sapiro, « Pour une sociologie de la traduction : bilan et perspectives », en La Traduction comme vecteur des échanges culturels internationaux. Circulation des livres de littérature et de sciences sociales et évolution de la place de la France sur le marché mondial de l’édition (1980-2002), informe de investigación, Centre de sociologie européenne, 2007).

Sin embargo, a esta noción Michel Espagne prefiere la de «receptáculo» que implica creación y productividad: «las múltiples penetraciones en las ciencias humanas rusas del primer siglo XX por modelos alemanes o franceses tienden a hacer de las ciencias humanas rusas no una periferia independiente, sino, al contrario, el receptáculo de tendencias de las ciencias humanas europeas, un sitio donde se conservan más allá de su gloria en el país de origen y, sobre todo, un contexto en el que pueden producir reinterpretaciones e innovaciones radicales». En algunos casos, es la propia Rusia la que sirve de mediador: Michel Espagne evoca la deuda de Lévi-Strauss hacia Jakobson, a su vez heredero de la lingüística alemana. El autor insiste pues sobre la necesidad de tener en cuenta el momento ruso en el estudio de la historia transnacional de las ciencias humanas.

Myriam TRUEL

Publicado en Historia Contemporánea

Malheureux le pays qui a besoin d’un héros : La fabrication d’Adolf Hitler, de Lionel Richard

Resumen: La narración de la vida de Hitler por él mismo y sus fieles: un mito tan artificial como persistente.

Traducción autorizada de:

http://www.nonfiction.fr/article-7423-persistances_du_mythe_hitler.htm

Autor de numerosos trabajos sobre la Alemania del siglo XX publicados desde 1971, Lionel Richard estudia «la fabricación de Adolf Hitler», es decir, la «distorsión de todos sus rastros biográficos», «el inmenso montaje de mentiras y equivocaciones sobre el que se ha construido su biografía», una narración en que nada es cierto. Una investigación siempre minuciosa coteja, verifica y supervisa todo el acarreo en los relatos cómplices u hostiles aparecidos desde 1945 –indiquemos a este respecto que L.Richard sigue de cerca el hilo conductor de lo que se pudo leer en Francia sobre Hitler antes de la guerra.

El libro deconstruye, con ayuda de las fuentes, una interminable sucesión de enunciados falsos instalados en las mentes por una gigantesca propaganda. Hitler no fue a establecerse a Munich por odio a los Habsburgo y hartazgo de Viena, sino, más prosaicamente, porque era un insumiso de acuerdo a la ley de servicio militar austríaca. Eximido definitivamente de ese servicio en febrero de 1914, nunca dirá el motivo, pues el episodio no era muy presentable. Tampoco dirá por qué no quería hacer el servicio militar en Austria. Sea lo que se imprimiese hasta en los libros de texto posteriores a 1933, no hizo él solo prisioneros a diez franceses. Sus tesis políticas carecen de originalidad, no son más que las de los pangermanistas. En el momento de acceder a la condición de agitador profesional, nada de dejarse sacar fotos en reuniones políticas: nuevamente la fabricación de la imagen, la narración, pues la fotografía del jefe sólo se difundirá bajo su estricta supervisión en 1923. Ni siquiera era de nacionalidad alemana, que sólo se le otorga en febrero de 1932. Sus muestras de juego sucio, grandes y pequeñas, son incesantes e innumerables, como el incidente de Gleiwitz de 1939, montado cuidadosamente para proporcionar un pretexto para la guerra.

Todo lo que contarán después de ésta los altos mandos del ejército es una sarta de mentiras puras y simples. Esos pretendidos herederos de un supuesto código de honor prusiano, muy ampliamente corrompidos por sobres con billetes de banco directamente procedentes del jefe supremo, participaron en gran medida en los crímenes de guerra y los exterminios. Muy poco castigados tras la guerra, intentarán rehabilitarse con, nuevamente, versiones sesgadas y falaces de sus acciones.

A Lionel Richard le fastidia cuando sus colegas historiadores no mencionan sus fuentes o se meten por mal camino, y la amplitud de las lecturas acumuladas por el autor desde 1971 –fecha de su primer trabajo sobre el nazismo–, así como verificaciones incesantes, le permiten corregir los patinazos: un error factual de François Delpla, interpretaciones rápidas de Ian Kershaw, una afirmación extravagante del discutible historiador Werner Maser, otra debida a John Toland; Guido Knopp ¿es algo, aparte de un deplorable fabricante de obras en serie? Aun severas, estas correcciones son saludables, pues escribir sobre Adolf Hitler exige, más que cualquier otro tema, movilizar la conciencia profesional de quienes lo hacen; y porque, en el orden de lo empírico, esta historia se ha escrito, como las otras, con documentos. Hay muchos de ellos, y Lionel Richard sorprende agradablemente a sus lectores apoyándose por ejemplo –en los juegos olímpicos de 1936– en la evocación del ambiente propuesta por una novela aparecida en 1940, de un escritor estadounidense, Thomas Wolfe.

Muy bien elegidas, las ilustraciones no están para hacer bonito, sino que transmiten información, desde la terrorífica fotografía de la servidumbre colectiva voluntaria en la portada. Escrito sin jerga con pretensiones de sociología política, pero infinitamente ilustrativo sobre los manejos y trapicheos de los protagonistas del desastre, y sobre la violencia sin límite que instalaron en la vida alemana bastante antes de la propia guerra, el libro resulta muy recomendable para el gran público, pero también para los alumnos de las facultades de periodismo y los institutos de estudios políticos –a la Alemania de entonces le faltaron «alertadores» –.

Pierre-François BURGER

Publicado en SGM Europa

A Line in the Sand, Britain, France and the Struggle for the Mastery of the Middle East, de James Barr

A Line in the Sand, Britain, France and the Struggle for the Mastery of the Middle East

Autor : James Barr

Editor : Simon & Schuster

Fecha de publicación : 26/04/12

N° ISBN : 978-1847394576

Resumen: Las relaciones franco-británicas y la colonización francesa en el siglo XX, para los que creían conocer lo esencial sobre Oriente Próximo.

Traducción autorizada de:

http://www.nonfiction.fr/article-7360-controler_le_proche_orient.htm

Seguimos esperando la traducción al francés del libro de James Barr A Line in the Sand. Britain, France and the Struggle for the Mastery of the Middle East, publicado en el Reino Unido en 2011 [–> Simon & Schuster, edición de bolsillo en 2012]. Esta investigación histórica permanece obstinadamente en los expositores de las librerías de Londres. Tal éxito debe bastante, por supuesto, a la actualidad, con la crisis sirio-iraquí; pero James Barr ha sabido transformar un minucioso trabajo de archivo en un relato trepidante, totalmente al alcance de los no iniciados. Para el autor, que se mueve más por los medios políticos y diplomáticos que por los de la investigación, ésta no es su primera tentativa: en 2006 ya había publicado Setting the Desert on Fire : T.E. Lawrence and Britain’s Secret War in Arabia, 1916-18, al que hacen referencia varios capítulos de A Line in the Sand.

A Line in the Sand narra la guerra larvada a la que se entregaron Francia y Gran Bretaña en Oriente Próximo desde 1914, víspera del desmantelamiento del Imperio Otomano, a 1948, que corresponde al nacimiento del estado de Israel. Aunque en realidad, se remonta a la crisis de Fachoda en 1898, que ve detenidas las veleidades conquistadoras de Francia en Egipto y Sudán por un ultimátum británico. De ello nacerá, en París, un profundo rencor contra la «pérfida Albión» que la Entente Cordiale de 1904 y la oposición común a Alemania no conseguirán disipar. Oriente Próximo (de Israel a Irak, pasando por Jordania, el Líbano y Siria) será el teatro de dichas rivalidad y desconfianza durante tres décadas.

El mayor interés de A Line in the Sand es rastrear el camino que ha conducido a las (muy artificiales) fronteras actuales en Oriente Próximo. Los acuerdos Sykes-Picot de 1916 marcan su inicio, al formalizar la frontera entre las influencias francesa y británica. Barr muestra que dichos acuerdos marcan la tentativa fallida, para los británicos, de reconciliar tres objetivos: la promesa de vastos territorios tras la retirada de los otomanos, hecha a los nacionalistas árabes; la voluntad de conservar en la zona una influencia poderosa, sobre todo a causa de sus recursos petrolíferos; y la necesidad de controlar las susceptibilidades de una Francia en primera línea frente a Alemania.

El resultado de esta partición se ratifica por los acuerdos de San Remo en 1920, con la oficialización del mandato francés en Siria y Líbano, y de los mandatos británicos de Mesopotamia (territorio formado por los actuales Irak y Jordania) y de Palestina. Los árabes se ven forzados a retirarse de Damasco y Siria, adonde les había conducido el británico T.E. Lawrence durante su revuelta contra los otomanos, y se sienten traicionados.

Dicho sentimiento se agrava con la Declaración Balfour de 1917, segundo episodio cuyas repercusiones aún son evidentes en la actualidad. La decisión británica de apoyar oficialmente al sionismo tiene el objetivo de contener la influencia francesa en Palestina, que los acuerdos Sykes-Picot reservan a una administración internacional. La decisión encuentra un apoyo mayoritario en  la comunidad judía británica, pero también en EE.UU., cuya entrada en la guerra se espera. Controlar Palestina es así un medio para el Reino Unido de mantener el dominio sobre los puertos de Haifa y Jaffa, así como el del Canal de Suez. Decisión oportunista, pues, que los británicos lamentarán muy rápidamente, dada la determinación de los judíos en convertir a Palestina en su hogar nacional.

Barr evoca en detalle el papel que desempeñan Gran Bretaña y Francia en los episodios que conducen progresivamente a la creación de dos estados en 1948 y a las guerras árabe-israelíes. En 1920 los británicos sospechan que los franceses apoyan las manifestaciones árabes en Jerusalén contra el sionismo y a favor de la unificación de Siria y Palestina. Sin embargo, la tortilla se da la vuelta enseguida. Cuando los judíos deciden tomar activamente las armas, primero contra los árabes y luego contra la presencia británica, es a París donde van a buscar ayuda. Durante la revuelta árabe de 1936-1939, la perspectiva de un incendio que desborde Palestina y alcance a Siria alarma a los franceses.

Hay que reconocerle pues a James Barr que proyecte una luz particularmente cruda sobre una historia poco conocida, la de la rivalidad (si no el hostigamiento) recíproca e incesante a la que se entregan durante tres décadas las dos potencias aliadas en Oriente Próximo. Las negociaciones del Tratado de Versalles tropiezan sobre la cuestión de Siria, y se ven marcadas por interpelaciones extremadamente duras entre Clémenceau y Lloyd George. El Presidente del Consejo de Ministros francés habría llegado a declarar: «Desde el día siguiente al armisticio he encontrado en usted un enemigo de Francia» [–> From the very day after the armistice I found you an enemy of France]. Veinte años más tarde, la actitud de de Gaulle está marcada por la misma ingratitud, las mismas acusaciones hacia un aliado que, sin embargo, organizó su evacuación hacia Londres y apuntaló su legitimidad. Barr recuerda hasta qué punto de Gaulle fue educado en el odio a Inglaterra y el recuerdo de Fachoda.

Al llegar la liberación del Levante por el ejército británico y los franceses libres en verano de 1941, de Gaulle lo intenta todo para guardar el control de Siria y Líbano, evitando una transición demasiado rápida hacia la independencia. Se confirma en sus cargos a los oficiales representantes de Vichy en la administración colonial, arrancando este comentario afligido a un oficial británico: «Hemos instado a los árabes para que nos ayudaran contra los de Vichy. Ahora, de repente, mantenemos a éstos en sus cargos, y confiamos a sus tiernos cuidados el futuro de esos árabes que acaban de tirotearles a petición nuestra. ¡Esto es una pesadilla!» [–> We urged the Arabs to help us against the Vichystes. Now suddenly we confirm the Vichystes in their posts, and entrust to their tender mercies the future of those Arabs who have just shot them up at our request. This is a nightmare!].

Por supuesto, la rivalidad se entrevera con cierta clase de respeto y se detiene allá donde comienzan los intereses superiores. Lawrence de Arabia intenta presentarle a Francia el hecho consumado de los avances árabes, pero se ve puesto en su sitio por su propio gobierno. Londres utiliza sutilmente la presencia francesa en Siria como contrapunto para conservar un peso determinante en Irak y Palestina. Los responsables británicos se guardan mucho de criticar y provocar a sus homólogos franceses, y por ejemplo aceptan reservarles un lugar de privilegio en el consorcio internacional que construye el oleoducto de Mosul a Haifa (entrado en servicio en 1934). Barr ilustra perfectamente esos «arreglillos entre amigos» de los que las poblaciones locales son a menudo las primeras víctimas.

A Line in the Sand llega a lo más sensible en lo que revela sobre la violencia de los métodos coloniales franceses, y sobre el papel activo de París en la ascensión del Irgún, la organización terrorista judía. Son episodios poco conocidos por los franceses, sin duda porque han recibido menos atención que la colonización en África Occidental y que la guerra de Argelia.

La diferencia con los métodos británicos de persuasión destaca desde la misma llegada a Siria. Como indica un oficial británico: «Ellos [los franceses] parecen seguir teniendo una relación con los “indígenas” completamente tipo siglo XVIII o XIX» [–>They still seem to have a completely 18th or 19th century attitude to ‘Natives’]. El sistema judicial colonial no deja ningún sitio para la palabra de los árabes. Henri Gouraud, alto comisionado enviado por Clémenceau para establecer a Francia en Siria, obtiene su inspiración de los monjes-soldados que respondieron al llamamiento de cruzada en la Edad Media. En 1925 la revuelta siria, conducida por el cabecilla druso Sultan al-Atrach, es reprimida entre sangre y bombas. El casco histórico de Damasco es destruido, y se construye un cinturón periférico de 12 kilómetros para rechazar fuera de los muros de la ciudad a la guerrilla. Ésta sólo se desinflará por sus propias divisiones internas.

Aún más fascinante es el alcance del apoyo francés al terrorismo judío. A finales de la década de 1930, los británicos deciden limitar la inmigración judía en Palestina para aplacar la cólera de los árabes. El Irgún y la Stern Gang, dos organizaciones clandestinas, entablan una lucha sistemática contra la presencia británica y reciben armas del régimen de Vichy. Seguidamente entran en contacto con la Francia Libre, lisonjeando los esfuerzos franceses contra la transición impuesta por los británicos en el Líbano y Siria. Barr cuenta que la Stern Gang publica Frente de Combate Hebreo en francés para subrayar los paralelismos con la Resistencia Francesa y señalar al enemigo común británico. Sin una simpatía especial por los judíos, de Gaulle ve en esto una nueva oportunidad para ajustar sus cuentas con Londres, además de poder contener el nacionalismo árabe. Al final de la guerra, Francia alienta la emigración de judíos a Palestina, dejando partir numerosos barcos (entre ellos el famoso Exodus) a pesar de la prohibición británica. Se firman contratos de venta de armas en 1948 con la Haganá y el Irgún. Francia seguirá siendo el principal suministrador de armas de Israel hasta 1956.

Barr desvela así la mecánica absurda de las rivalidades históricas y estratégicas entre dos países, que sin embargo son vecinos y poseen la riqueza de 1.000 años de historia común. La acumulación de pruebas es demoledora, y se puede alabar el sentido de la contención y del equilibrio de Barr. El relato muestra, incontestablemente, simpatía hacia la altura de miras y el tacto británicos de la época, pero el autor demuestra bien que por querer quedar bien con todos, Londres abrió una caja de Pandora. El orgullo francés se metió en ella de cabeza.

Puede lamentarse que el relato de Barr, aun revelándose extremadamente rico, no consiga situar esta corta historia (30 años) en la perspectiva general de las relaciones franco-británicas. Como mucho, el autor sugiere al final del libro que el recuerdo de las tensiones de entreguerras desempeñó un papel en el «no» de de Gaulle a Macmillan en 1963, cuando el último pidió la entrada del Reino Unido en la CEE. Sin embargo otros trabajos, sobre todo los de Andrew Moravcsik, han avanzado explicaciones económicas que sin duda desempeñaron un papel igual de significativo, si no más. Y al contrario, hubiera estado bien haber podido ir aguas arriba de Fachoda y leer más sobre el pasado bélico y los prejuicios que han marcado las relaciones entre ambos países desde la Edad Media. Pero esta puesta en perspectiva bastaría para un libro completo aparte.

Por lo demás, al cerrar A Line in the Sand uno no puede evitar pensar que la relación franco-británica continúa estando marcada por una cierta desconfianza. Sí, los desacuerdos y tensiones presentes no tienen nada en común con los episodios narrados por James Barr. Pero de todas formas es fácil observar que, a pesar de sus intereses convergentes en un mundo que ya no les pertenece, las identidades, las culturas económicas y las relaciones de ambos países con el resto del mundo siguen estando claramente diferenciadas. La obra de James Barr nos invita en cierto modo a tomar conciencia de esa distancia, de los daños que puede engendrar y del trabajo de conocimiento mutuo que queda por hacer.

Renaud THILLAYE

Publicado en Historia Contemporánea, PGM, SGM Europa

Ampliación de campo- 2018

Dada la poca frecuencia de actualización del lecteur original en los últimos tiempos, este blog comenzará a publicar otras reseñas traducidas sobre libros de historia. Éstas se distinguirán claramente de las del lecteur original indicando su autor y sitio internet de procedencia.

El editor

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Patton, a Genius for War, de Carlo d’Este – Patton, A Soldier’s Life, de Stanley Hirshson

La lectura paralela de dos gruesas biografías del general Patton me da la ocasión de comparar sus proyectos y enfoques. Dos libros, un post más largo y escrito por un lector que aborda dichas obras casi con el ojo de un profesional…

Las obras de Carlo d’Este y de Stanley Hirshson se publicaron en el mismo periodo, entre 1995 y 2001. Los dos autores tienen el mismo proyecto de conjunto: una biografía completa del general, del nacimiento a la muerte, y extendiéndose hacia tanto sus antepasados como hacia su descendencia. Las dos obras se toman su espacio, 700-800 páginas, complementadas con un centenar de páginas de notas. Se tratan todas las dimensiones de Patton, sin limitarse ni a un periodo ni a un tema. Con ello, los libros narran los mismos episodios, en la misma estructura cronológica, con las mismas divisiones en capítulos. El tono es serio, objetivo, reposado, con el lirismo dejado aparte; pues cada uno de ellos intenta escribir “LA” gran biografía de Patton, aquélla que borre todas las anteriores, y que sea a la vez accesible al gran público y reconocida por el mundo académico.

Pero estos autores se enfrentan a una dificultad importante: ¿cómo innovar, cuando en inglés ya hay disponible una veintena de biografías de Patton? Las grandes batallas de Patton en la Segunda Guerra Mundial son bien conocidas, pero también lo es el resto de su vida: participación en la expedición punitiva a México en 1916, su papel en el Tank Corps en 1918, destinos en Hawai, años en caballería, la muerte accidental…D’Este y Hirshon siguen ambos las mismas pistas: por una parte, volver a las fuentes primarias, a los archivos, para encontrar material quizás ignorado por unos precursores más superficiales; y proponer nuevas interpretaciones del personaje.

No faltan las fuentes sobre Patton : al contrario, abundan. Patton mantiene una correspondencia regular con su padre, su mujer o su tía, y los tres parecen haberla conservado íntegramente. Patton lleva en distintos periodos un diario manuscrito, que nos ha llegado. Patton publica decenas de artículos que ofrecen acceso directo a su pensamiento militar. Patton, por último, escribe toda clase de informes, descripciones de operaciones u órdenes operativas…todos ellos conservados.

Pero la dificultad es que un historiador ya ha leído, filtrado y publicado el grueso de estas fuentes. Con los Patton Papers, publicados en la década de 1970, Martin Blumenson permitió al gran público el acceso a una masa considerable de los escritos públicos y privados de Patton. Los dos volúmenes cuentan en torno a 2.000 páginas. Y sobre todo, no consisten solamente en la reproducción de documentos originales, sino que añaden contenido narrativo preciso y a veces soberbiamente escrito, que recuerda las circunstancias de la vida de Patton y sitúa el origen de los documentos [1].

Veamos cómo d’Este y Hirshson intentan mejorar lo anterior.

Por reflejo, ambos autores vuelven a los documentos fuente de los Patton Papers antes que a los volúmenes publicados sobre ellos. Pero el trabajo de Blumenson es serio: las citas son exactas respecto a los documentos originales, los cortes afectan sólo a lo que carece de interés. Pista falsa.

El enfoque resulta sensiblemente distinto cuando se tratan las fuentes que hablan de Patton sin haber sido generadas por éste. Hirshson desconfía de las fuentes secundarias como las biografías de la década de 1960, anteriores a la publicación de los Patton Papers. Por ejemplo, hay una biografía de éxito por Ladislas Farago, en la cual se inspiró la película Patton. Dicha obra no cita sus fuentes. D’Este saca de ello, aun así, varias anécdotas sabrosas; Hirshson no se refiere jamás a ello. Igualmente, Hirshson acepta las autobiografías de participantes directos (como la de Bradley), y aún más los testimonios recogidos por los historiadores militares y preciosamente conservados en el fondo de las bibliotecas, pero rechaza las obras de los testigos que sólo acceden a la «pequeña historia», como el libro de un edecán. A primera vista, Hirshon sólo emplea lo contenido en las fuentes, mientras que d’Este tiene más flexibilidad, al precio, quizás, de un menor rigor.

Pero Hirshson puede olvidar súbitamente todo su rigor, lo que no se comprende más que si se lee en paralelo la obra de Carlo d’Este: basta que un texto no haya sido citado por d’Este, no haya sido referenciado, leído, entendido por d’Este, para que Hirshson le salte encima y lo considere como absolutamente fiable. Así ocurre con una entrevista entre Liddell Hart y un general estadounidense poco conocido, datada en la primavera de 1944, con toda clase de apreciaciones perentorias sobre las técnicas de unos y otros, y por ejemplo vivas críticas a los británicos; el autor se refiere a ella varias veces sin que venga a cuento, y termina con una paráfrasis completa en ocho páginas, en la que deja ver involuntariamente que no comprende absolutamente nada ni del desarrollo del arma blindada ni de la evolución de las técnicas operacionales entre 1940 y 1944 [2]. Más: hay un artículo inédito, y bastante bien escrito, de un escritor que se cruza algunas veces con Patton; Hirshson también lo parafrasea íntegramente sin que se perciba por qué hacerlo era indispensable. Finalmente, se ve a Hirshson apoyarse en los recuerdos de un corresponsal de guerra —justo el material que deja de lado habitualmente— pues encuentra en él un testimonio sobre el estado moral de la tropa después de que Patton abofetee a un soldado sin heridas aparentes en un hospital militar. El asunto no es más que un detalle, pero resulta fundamental para la interpretación de Patton que estructura el texto de Hirshson. El lecteur reconoce que le ha hecho falta más de una lectura para ver que el autor se apoyaba de repente en tipos de material que en otras partes descartaba…

Lo más sorprendente es que ambos investigadores, tan ufanos de citar las cartas originales de Patton, pasan totalmente de largo fuentes de acceso fácil. Se comprende enseguida que Carlo d’Este no ha hecho el esfuerzo de leerse los artículos de entreguerras de Patton, contentándose con citar una síntesis hecha por otro investigador [3]…Y, como Hirshson, no ha ido a desempolvar archivos militares. ¡He aquí a dos biógrafos que no consultan nada en los documentos de los estados mayores mandados por Patton, cuando se conservan sin pérdidas!

Esto puede producir una narración de relleno que no concreta gran cosa. Por ejemplo, en toda la preparación del desembarco en Sicilia, teniendo como única fuente los diarios de Patton y los de algunos otros, nuestros autores no van más allá de decir que “Patton asiste a tal reunión en la que también están presentes X, Y y Z”, o “dice una vez más que los británicos le exasperan”. El tema puede llevarse al absurdo. Por ejemplo, en d’Este: Eisenhower se queja a Patton de que recibe informes insuficientes, sobre todo al lado de los que mandan los británicos. D’Este atenúa a continuación el reproche citando a un tercero, que estima que dichos informes, en realidad, eran tan completos como era posible. Pero nuestro autor no ha ido a buscar los informes en cuestión para apreciar su contenido, aunque sin duda se encuentran archivados. Más adelante se trata el caso de una orden de Alexander a Patton cuya segunda mitad es ignorada deliberadamente; no se cita el contenido del pasaje saltado, sólo los recuerdos de un oficial de estado mayor, que cuenta haber fingido la recepción de un mensaje truncado.

En total : algunos tipos de fuentes de explotan completamente, mientras que otros se ignoran en gran medida.

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A falta de novedades debidas a la investigación, el otro medio de hacer atractiva una biografía de Patton es proponer nuevas interpretaciones del personaje. Nuestros autores se ponen a ello, cada uno en su estilo.

Carlo d’Este es quien más interpreta. El lecteur le ve a menudo avanzar hipótesis frágiles. D’Este explica, por ejemplo, que a principios del siglo XX la admisión en West Point es muy complicada, para justificar la intensa campaña de relaciones públicas que lleva a cabo el padre de Patton. D’Este se cuida mucho de verificar si los camaradas de Patton tuvieron necesidad de tal ayuda. Cuando Patton pasa una temporada en Francia, allá por 1912, yendo de Cherburgo a Saumur, d’Este se inventa que visita el bocage normando como anticipación de los combates de 1944 (uno no sabía que el bocage fuese una etapa turística obligatoria). Patton tiene trato con Eisenhower hacia 1920; luego ambos se distancian hasta 1939, pero d’Este afirma que mantienen  una correspondencia regular, de la que no puede citar nada pues aparentemente se perdió en 1939, cuando uno de los baúles de Ike desaparece en una mudanza desde las Filipinas. Hay que creerse a la vez que Eisenhower se hubiera llevado 15 años de correspondencia al ser destinado a Manila, y que ninguna de las respuestas supuestamente escritas a Patton hubiera sobrevivido. Estos puntos, que no dejan de ser poco importantes en el conjunto, revelan los instantes en los que el autor fabula. Uno se pregunta qué necesidad se puede tener de contribuir a la glorificación de Patton.

Sin embargo, otras dos tesis de d’Este resultan más estructurantes. Al autor le molesta el antisemitismo pronunciado de Patton. Aborda el punto en dos páginas solamente, sin negar el racismo, pero excusándolo como un “lugar común de la época”, yendo incluso a evocar el asunto Dreyfus (cuya influencia no se sabía que hubiera llegado hasta la opinión pública de California) para explicar que Patton, aquí, no es más que un individuo como los demás. Evidentemente, d’Este no se pregunta por qué tan pocos de los contemporáneos de Patton son tan antisemitas como él. Hirshson reflexiona más. Constata que sus fuentes no muestran ningún indicio de antisemitismo antes de los 35 años de Patton, pero que en la década de 1920 éste trata con más frecuencia a su riquísimo suegro y que, quizás, sus prejuicios antijudíos o anti-italianos vengan de ahí. La familia política de Patton, traumatizada por una gran huelga dirigida directamente contra sus industrias en 1911, considera que los italianos y los judíos son los miembros más peligrosos de los odiados sindicatos. La hipótesis de Hirshson es considerablemente más fina.

Carlo d’Este propone también que Patton era disléxico. ¿Por qué? Esencialmente, porque d’Este no sabe explicar de otra manera las faltas de ortografía sembradas por los escritos de Patton. Y después están los medianos resultados académicos de su héroe. Patton repite su primer año en West Point, y eso tras haber pasado anteriormente un semestre en otra institución militar. Incluso en su tercer intento le adelanta un cuarto de los principiantes. Al salir de la academia, está más o menos a la mitad del escalafón, aunque parece trabajar encarnizadamente. Para d’Este, la causa está clara: Patton sufre un problema de dislexia sin el cual habría terminado entre los primeros de su promoción.

Aunque se le ve el plumero al argumento, la hipótesis es novedosa. Carlo d’Este apoya su tesis en un texto médico de 1984, pero como la comprensión de la dislexia ha evolucionado considerablemente en los últimos 30 años, su idea ya no resiste el análisis. Hay disléxicos con capacidades de lectura global y de comprensión de textos excelentes, que por tanto se convierten en grandes lectores, como Patton. Pero son muy raros los que tienen además tanto gusto por la escritura (diarios, cartas, artículos, poesía…). Y como la dislexia afecta ante todo a la capacidad, no de comprender, sino de pronunciar correctamente un texto, no se reconoce entre los afectados a alguien que aprende de memoria poesías o monólogos de teatro por el placer de recitárselos a uno mismo…En fin, Patton queda en muy buen lugar en los cursos militares que sigue después de la Primera Guerra Mundial, cursos en que la parte escrita es muy relevante. Es como si su dislexia se hubiera “curado”, lo que sería una primicia asombrosa en la historia de este trastorno. Con razón, Hirshson, que publica en 2001, rechaza de un manotazo la hipótesis disléxica que d’Este enuncia en 1995. Pero, sin ir muy allá, el lecteur adivina que aún son numerosos los autores que evocan esta dislexia de Patton…

Las hipótesis que propone Hirshson son diferentes. Hirshson no es un especialista en historia militar, y se encuentra especialmente cómodo encontrando relaciones sociales o financieras. Recuerda, por ejemplo, la gran fortuna del matrimonio Patton anotando la suma que cada cónyuge hereda de sus padres. El padre de Patton deja a sus hijos en torno a un millón de dólares (unos 13 millones de dólares de 2015). Y la herencia que deja el suegro de Patton asciende a 250 millones de dólares (de 2015). No se puede creer, como sugiere algún momento d’Este, que los Patton hayan tenido alguna vez dificultades económicas. Hirshson consigue también situar bastante mejor a la familia de la esposa de Patton, en el seno de la aristocracia financiera de los Estados Unidos, y la aproxima con gusto al caso de Ford, gran industrial visceralmente aislacionista y antisemita. Pero estos elementos, por interesantes que sean, permanecen en la periferia de Patton en tanto que militar.

Al llegar a las campañas militares, Hirshson lo pasa mal para aportar cualquier cosa, y de hecho resulta ocasionalmente confuso, si no totalmente contradictorio. Carlo d’Este explica mucho más claramente lo que ocurre o cómo se toman las decisiones, y algunos de sus capítulos dedicados a la capacidad de Patton para entrenar eficazmente a sus tropas son destacables. Hirshson se repliega sobre lo que rodea a la acción. En una de sus tesis esenciales, estima que los discursos agresivos y obscenos de Patton terminan por incitar a las tropas a cometer crímenes; el general no puede anunciar con voz tonante que ahora toca matar a los alemanes, quemar sus casas y violar a sus mujeres sin que eso tenga consecuencias en el comportamiento de los soldados en campaña: ejecución de prisioneros, tiros sobre muchedumbres de civiles…

Al menos dos masacres de prisioneros fueron objeto de consejos de guerra, que d’Este también evoca. He querido comprender cómo cada autor abordaba este aspecto. Veamos los matices:

  • Carlo d’Este habla de asesinato de prisioneros, sin más detalles. Hirshon describe precisamente la acción, mostrando cómo son abatidos prisioneros lejos del frente, cuando bajan de un camión. D’Este edulcora, Hirshson conmociona.
  • Los dos autores mencionan la hipótesis estructurante, es decir, que las palabras de Patton habrían podido indicar que se toleraban los asesinatos. Hirshson hace como si la idea fuese suya. D’Este la toma de las defensas de los abogados ante el consejo de guerra, y la compara seguidamente a la defensa de los generales alemanes en Nuremberg. Hirshson omite una fuente. D’Este quiere descartar la idea.
  • Acerca de la realidad de los discursos inflamados de Patton : Hirshson los relaciona con discursos más antiguos de Patton, en los EE.UU., y estima que el general siempre se dirigía de la misma manera a los hombres. D’Este reduce el caso a uno o dos discursos para una única división estadounidense, que tenía la particularidad de no haber entrado nunca en combate y requería una motivación particular. Hirshson busca generalizar, d’Este busca demostrar una excepción.
  • D’Este estima que las tropas deformaron y caricaturizaron las palabras de Patton : yuxtapone la síntesis que hace un soldado (“nada de prisioneros”) con lo que Patton había dicho. Hirshson desentierra el testimonio de un juez militar que, pidiendo que el general aplique un correctivo para que nadie se crea liberado de la Convención de Ginebra, muestra el problema.
  • D’Este describe extensamente a alemanes fingiendo rendirse para después tomar de nuevo las armas y matar a los soldados estadounidenses que se les aproximan. Realiza esta amalgama para hacer olvidar que el caso analizado es el asesinato a sangre fría de soldados ya hechos prisioneros.
  • Por último, para excusar a Patton y sus tropas, d’Este encuentra un ejemplo similar en el frente occidental (con canadienses en Normandía) para estimar que, contándolo todo, matar a sangre fría a algunas decenas de prisioneros es simplemente algo que pasa. En resumen: mucho ruido y pocas nueces. No se pregunta por qué no puede encontrar ningún otro ejemplo…
  • Evidentemente, d’Este sólo menciona el asunto en tres páginas. Hirshson lo recuerda a cada ocasión, desde el prólogo hasta la conclusión.

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Termino aquí esta larga nots, que aún podría completar con la campaña de 1944-45. Mencionando exactamente los mismos acontecimientos, las mismas decisiones, los mismos comportamientos de Patton, Carlo d’Este resulta tan laudatorio como es posible, Hirshson tan crítico como es posible. No llegan a concluir con una síntesis sólida –algo quizás imposible dadas las múltiples contradicciones de su personaje. Pero al lecteur le parece que, aunque Patton haya sido estudiado una y otra vez, aún quedan dimensiones completas del personaje por desentrañar.

Notas

[1] El lector de hoy tiene la tarea aún más fácil: la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. ha puesto en internet todos los diarios de Patton, en versiones manuscrita y mecanografiada. ¡Un autor que se alabe de haberlos encontrado, leído y traducido no habrá hecho un gran esfuerzo!

[2] En detalle, para los lectores interesados : Liddell Hart tiene un espeso interés personal consistente en demostrar que él fue el único en haber comprendido los tanques, lo que tiñe todo lo que toca. Hirshon no parece saberlo, y comete grandes errores cuando presenta el papel de Liddell Hart a finales de la década de 1930. Una de las ideas del general interrogado es disponer no de 3, sino de 4 batallones de tanques por división, e Hirshson no se da cuenta de que justamente entonces el ejército de EE.UU. ha reflexionado sobre el asunto, para justamente reducir dichos batallones de 4 a 3. Sin embargo esto sólo afecta a las divisiones nuevas y no a las ya creadas. Por supuesto, el general busca un pretexto para tener tantos juguetitos blindados como sus dos colegas que mandan las divisiones “grandes”. Por último, los juicios sobre los británicos son del tipo “me han dicho que habían oído que”, es decir, simples rumores –Liddell Hart es conocido por beneficiarse de ellos.

[3] Para este tipo de cosas el lecteur contemporáneo hace trampas con total tranquilidad. Una buena parte de los artículos de Patton está aquí. El artículo que usa Carlo d’Este en vez de trabajarse las 400 páginas de Patton se encuentra en este lugar. Sí, internet es desleal.

Publicado en Historia Contemporánea, PGM, SGM Europa